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Un día menos de tristeza

Desechad, pues, toda malicia, todo engaño, hipocresía, envidias y toda maledicencia, y desead, como niños recién nacidos, la leche espiritual no adulterada, para que por ella crezcáis para salvación, ya que habéis gustado la bondad del Señor.

1 Pedro 2:1-7

Seguramente no será así cuando leas esta reflexión, pero hoy me siento triste. He visto y leído noticias sobre una iglesia que aprecio y que ha sido vilipendiada. Y no me he sentido mal por lo que el show mediático ha transmitido; a fin de cuentas, es el periodismo espectáculo que hoy dice algo y mañana lo contrario. Me he sentido triste por lo que nuestra gente ha comentado en las redes sociales.

No hablo de los que son prudentes y confían en que todo saldrá bien; a ellos los animo a que sigan constantes, porque la historia de este mundo tiene un fin muy claro. Hablo de los que, queriéndolo o no, se dejan llevar por la maledicencia. Afirmo que hemos de ser más comedidos en nuestros comentarios porque nos definen como creyentes. Y esto no lo digo yo sino Santiago, cuando nos indica: “Si uno se tiene por religioso, pero no refrena la lengua, se engaña a sí mismo y su religiosidad es vacía” (Sant. 1:26).

No puedo leer tu corazón, pero puedo aconsejarte. Por ello, te animo a que juegues a construir, a mejorar y a fortalecer. Te animo a que inviertas tu tiempo y palabras en la verdad. Como dice Pedro: “Si alguno habla, hable conforme a las palabras de Dios” (1 Ped. 4:11).

La Nueva Tierra la empezamos a construir ya, el hoy de cada día. Por eso me gusta la propuesta de Pedro de abandonar todo lo que huela a lo malo, a lo falso, a lo hipócrita, a lo envidioso y a lo maledicente. Es como quitar los escombros del hombre viejo y construir sobre el fundamento verdadero: Cristo.

Y, liberados de aquello que nos obstaculiza, podremos disfrutar de las misericordias de Dios. Será entonces cuando nos gozaremos de lo bueno aunque tengamos malas experiencias, de lo verdadero aunque nos rodee la mentira, de lo sencillo aunque otros vivan entre dobleces, de lo empático aunque seamos objeto de envidias, y del bendecir aunque la vanidad acampe a nuestro alrededor.

Va a llegar el día en que solo haya bondad, sinceridad, sencillez, empatía y unas conversaciones realmente constructivas. Mientras tanto, sé que me queda un día menos de tristeza.

Víctor M. Armenteros es doctor en Filología Semítica por la Universidad de Granada y doctor en Teología (Antiguo Testamento) por la Universidad Adventista del Plata (Argentina). Durante más de una década ha sido profesor de Sagrada Escritura y Lenguas Bíblicas en el Seminario Adventista de España. Actualmente comparte la docencia con la gestión, al ejercer como director de los estudios de posgrado de la Universidad Adventista del Plata y de la sede austral (Argentina, Paraguay y Uruguay) del Seminario Adventista Latinoamericano. Es miembro de la Asociación Española de Estudios Hebreos y Judíos. Ha colaborado como traductor en la Biblia Traducción Interconfesional y forma parte del equipo editorial de la revista DavarLogos. Es, a su vez, autor de diversos artículos sobre escritos bíblicos y literatura rabínica.