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El monte Santa Helena

¡Con cuánta santidad y devoción deben vivir ustedes! Esperen la llegada del día  de Dios, y hagan lo posible por apresurarla. Ese día los cielos serán destruidos
por el fuego, y los elementos se derretirán entre las llamas, 2 Pedro 3: 11, 12.

El 18 de mayo de 1980 fue un día trágico para las aves, la vida silvestre e incluso para algunas personas. Ese día hizo erupción el monte Santa Helena. Desde hacía meses, los científicos habían observado y registrado los temblores de esa hermosa montaña. Salían gases de la cima. Luego, tras una poderosa explosión, la montaña arrojó ceniza incandescente y todo tipo de materiales ardientes.

A medida que el magma fluyó por las laderas del Santa Helena, cubrió varios hermosos lagos y ríos, miles de hectáreas de bosque y millones de criaturas salvajes. El Servicio Forestal hizo un censo pasada la primera erupción y encontró más de 67,000 animales muertos.

Cuando hubo terminado de caer la ceniza, contaron casi un millón y medio de animales de caza muertos, y más de once millones de salmones y otros peces. Se calcula que más de millón y medio de aves perdieron sus vidas, así como incontables animales que no eran de caza, anfibios, reptiles e insectos.

Quedaron destruidos 26 lagos y otros 24, parcialmente arruinados. Más de 1,600 kilómetros de corrientes de agua quedaron inservibles, inaccesibles debido a la lava. En algunas zonas la ceniza acumulada alcanzó una altura de un metro. Los guardas forestales esperaron que la lluvia evitara que la ceniza endureciera como cemento, lo cual habría dejado a la tierra infértil para siempre. Pero como un guardia dijo:

«La naturaleza sabe cómo cuidarse sola».
En poco tiempo la vida comenzó a volver a la montaña. Los azulejos anidaron en troncos quebrados. Los wapitíes treparon los restos volcánicos y ayudaron a reintroducir plantas. Dios dio a nuestro mundo mecanismos maravillosos para cuidar., para reparar lo que ha quedado parcial o totalmente destruido. Gracias a Dios porque ha dado ese poder a esta tierra y muchos lugares agrestes, destruidos ya sea por causas naturales o intervención humana, con el tiempo han cubierto sus cicatrices. Dios cubrirá las cicatrices de tu vida pecaminosa con el manto de su justicia. Así lo prometió; pídeselo y él cumplirá.

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