Y llegado a la casa, vinieron a él los ciegos; y Jesús les dijo: ¿Creéis que puedo hacer esto? Ellos dijeron: Sí, Señor. Entonces les tocó los ojos, diciendo: Conforme a vuestra fe os sea hecho. Y los ojos de ellos fueron abiertos.
Mateo 9:28-30.
¿Ha entrado Jesús en «tu casa»?
Es interesante la expresión «Y llegado a la casa», con la que comienza nuestra oración (Mat. 9:28). Cada palabra a Jesús, cada gesto, cada milagro tenía un solo propósito: despertar en cada persona la necesidad de salvación, e inspirarla a entregarle su corazón. Por eso, el evangelista declara: «Y llegado a la casa”. Jesús “está a la puerta y llama (Apoc. 3:20), pero jamas fuerza la puerta.
Jesús no procuraba sanar simplemente al que suplicaba (aunque el enfermo creyera que así era), sino que “después de haberse acercado, llegando a sus casas”, buscaba que la fe naciera en ellos. El fin de Jesús no era darle salud a un cadáver, sino que el muerto espiritual resucitara a la vida eterna. Con cada milagro procuraba la salvación del suplicante. Muchas veces realizó portentos solo después de que le hubieran suplicado, a fin de que nadie creyera que se valía de un milagro para adquirir fama. Por eso les dijo a los ciegos: “Mirad que nadie lo sepa” (Mat. 9:30).
¡Solo la gracia nos salva! Pero necesitamos «la fe de los ciegos».
Una anciana escuchó cierto día a un predicador que dijo que la fe mueve montañas, y le pidió a Dios que moviera aquella colina que debía subir y bajar cada vez que iba a la iglesia. Cuando dijo «amén» y abrió los ojos, la loma estaba en el mismo lugar; entonces, se dijo a sí misma: «Yo sabía que no se iba a mover».
La misericordia divina es la respuesta natural a tu fe, que a su vez es un don de Dios, que solo el puede concederte. ¡Todo proviene de Dios! ¡Pero de ti proviene que le abras la puerta de tu corazón a Jesús! Por eso, contra tu naturaleza, tu oración constante, diaria y perseverante ha de ser: «Señor, ayuda mi incredulidad» (Mar. 9:24).
Si Jesús te preguntara «¿Crees que puedo hacer esto?». ¿qué le responderías? Le has abierto «tu casa» a Jesús. Él mora en ti. Estás en paz. ¡Verás el milagro antes de que se produzca!
Oración: Señor, dame fe.

