No juzguéis para que no seáis juzgados.
Mateo 7:1.
Un campesino chino fue a la ciudad, y le trajo a su esposa un objeto desconocido, un espejo. Ella se miró en el espejo y comenzó a llorar. Su madre le preguntó por qué lloraba, y ella le dio el espejo y le dijo:
-Mi marido ha traído a otra mujer, joven y hermosa. La madre tomó el espejo, lo miró y le dijo a su hija: -No tienes de que preocuparte, es una vieja arrugada.
Los seres humanos tendemos a juzgar la realidad a través del lente de nuestra cultura, conforme a nuestro criterio, nuestra religión y nuestras tradiciones. La mujer joven vio en el espejo a otra mujer joven, y la mujer vieja miró a una vieja.
La realidad es más compleja; puede ser diferente.
No utilicemos nuestro criterio para definir y calificar la realidad, ni pensemos que lo demás es falso y erróneo. “Diferente” no quiere decir “equivocado”. Nuestro criterio no basta para examinar y juzgar la realidad, pues los seres humanos solo tenemos percepciones de la verdad. Solo Dios ve la verdad en todos sus aspectos.
Acudamos a la Biblia. En sus textos prescriptivos conoceremos la voluntad de Dios, por ejemplo, la observancia del sábado y la manera de guardarlo. En sus textos descriptivos nos enteraremos de aquello que ocurrió pero que no era un mandamiento, sino que formaba parte de la cultura de aquel pueblo en aquel tiempo y lugar; o de algo que no era la voluntad de Dios, por ejemplo, la poligamia o el divorcio por causas diversas y no solo por adulterio.
No juzguemos según nuestra costumbre o nuestra percepción sino conforme a la voluntad expresa de Dios. Si así hacemos, haremos más fácil nuestra vida y menos difícil la vida de los demás.

