Traed todos los diezmos al alfolí y haya alimento en mi casa; y probadme ahora en esto, dice Jehová de los ejércitos, si no os abriré las ventanas de los cielos, y derramaré sobre vosotros bendición hasta que sobreabunde.
Malaquías 3:10
En los albores de la humanidad Dios eligió a Noé para amonestar al mundo.
Los hombres se habían corrompido. “Los pensamientos del corazón de ellos eran de continuo solamente el mal” (Gén. 6:5). A Dios “le dolió en su corazón” (vers. 6). Aunque nunca había llovido, todo ser viviente perecería en una inundación a menos que reconocieran al Dios creador. Noé debía construir un arca de tres pisos, con una casa en su interior y suficiente espacio para todo el que quisiera entrar. La gracia se extendería 120 años más.
Mientras los demás se enriquecían por todos los medios, Noé invertía en esa misión su tiempo y su capital. Al expirar el plazo, el arca estuvo lista, pero los hombres no entraron en ella. Los animales sí. Cuando sobrevino el diluvio, todos corrieron a resguardar sus tesoros. Pero el torrente se llevó caudales, mansiones y propietarios. Solo el arca floraba. Pronto desaparecieron los últimos vestigios de civilización. El saber de siete generaciones que convivieron juntas fue borrado para siempre.
En preparación para el diluvio Noé invirtió todo. Mientras anunciaba el juicio venidero, construía un arca con la capacidad de un ferrocarril de 569 vagones. Sus negocios ocuparon un lugar secundario. En tanto, los codiciosos progresaban. Ahora, junto con sus almas, lo habían perdido todo. En cambio, Noé y su familia habían sobrevivido, y no sabían dónde poner el cerco de su casa, pues toda la tierra era suya.
Nadie ha dado tanto como Noé. Invirtió todo en el arca. Y nadie ha sido tan recompensado como él. El desprendimiento es mejor inversión que el egoísmo. El sabio escribió: “El alma generosa será prosperada; y el que saciare, él también será saciado» (Prov. 11:25). Seamos fieles a Dios y generosos con el prójimo.

