Estos son los que siguen al Cordero por dondequiera que va.
Apocalipsis 14:4.
Allí estaba ella, cansada, agotada, pero con la firme creencia de que si llegaba hasta él, podría ser sanada de su hemorragia.
«Con debilidad y sufrimiento, vino a la orilla del mar donde estaba enseñando Jesús y trató de atravesar la multitud, pero en vano. Luego le siguió desde la casa de Leví Mateo, pero tampoco pudo acercársele» —DTG, 311. Ahora lo seguía por la calle, pero la multitud parecía obstinada en mantenerlos separados. Ya no esperaba poder hablar con el Maestro, le bastaba con solo tocar el borde de su manto, pues según la creencia de su tiempo, era suficiente con eso para recibir sanación.
“Había empezado a desesperarse, cuando, mientras él se abría paso por entre la multitud, llegó cerca de donde ella se encontraba” -Ibíd. Y ella, con una fe poderosa, tocó el borde del manto de Jesús e inmediatamente fue sanada.
Jesús se detuvo. Preguntó quién lo había tocado, quién lo había tocado con fe. Nadie lo sabía. Jesús la buscó con la mirada, y ella, que ya se estaba retirando del lugar, corrió a sus pies confesándole su acción, agradecida porque había sido sanada. Cristo reconoció su fe.
Jesús no solo es el Salvador del pecado; también es el restaurador de la salud. Si estás cansada de pecar, clama a Jesús, el Redentor de los pecadores. Si estás enferma y has gastado tu tiempo y tu dinero en médicos y medicinas que no pueden curar, la solución es simple: busca a Jesús. La mujer con flujo de sangre sabía que solo Jesús podía curarla, porque todos los médicos ya la habían desahuciado. Acude a Jesús y experimenta la sanidad total. Él puede sanarte de este lado de la eternidad, y también del otro lado, donde los ángeles lo adoran en la hermosura de la santidad. Busca a Cristo, el Médico divino. Solo en él encontrarás sanidad y salvación. -AR

