“No temas, que yo te he libertado; yo te llamé por tu nombre, tú eres mío”
(Isaías 43:1).
Porque las personas eran llamadas o reconocidas por la tribu, el lugar, el pueblo al cual pertenecían. O por el nombre del padre o el antecesor más anciano.
Los hebreos, como otros pueblos antiguos del Cercano Oriente, le daban gran importancia a los nombres personales. Tenían significados literales, y eran símbolos del carácter y la personalidad de la persona. Los apellidos no existían. Cuando era necesario distinguir a dos personas del mismo nombre, a menudo se añadía un adjetivo que identificaba al individuo, como: Saulo de Tarso, José de Arimatea, Jesús de Nazaret, Elías tisbita, o Jacobo, hijo de Alfeo.
Si bien los padres son los que eligen los nombres de sus hijos, la Biblia nos dice que Dios conoce a cada uno por su nombre. “No temas, que yo te he libertado; yo te llamé por tu nombre, tú eres mío” (Isaías 43:1). ¡Qué grande es Dios, no solamente sabe nuestro nombre, sino que le pertenecemos a él!
Desafío: Busca el significado de tu nombre. Escríbelo aquí. Agradece a tus padres y a Dios por haberte elegido desde antes de nacer.
Lee más en la Biblia, [Hechos 10:5]; [Marcos 3:16, 17].

