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Hijos adoptivos

Matutinas para Adultos 2020

«Pues no habéis recibido el espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor, sino que habéis recibido el Espíritu de adopción, por el cual clamamos: «¡Abba, Padre!»»

(Romanos 8: 15).

Nacer en una familia de reconocido prestigio, poseer dinero y propiedades, lograr metas profesionales o académicas excepcionales son algunas de las formas de conseguir honor y valía en un mundo secular. Pero estas cosas no tienen valor último para Dios. El Señor no mira al exterior, sino al corazón y valora al ser humano según su amor al Creador y a sus semejantes.

Sin embargo, y a pesar de que Dios tiene una escala de valores distinta a la de los hombres, Dios utiliza nuestra lengua y nuestra cultura para comunicarnos ideas y conceptos. Es lo que hace con el ejemplo de los esclavos y los libres usado repetidamente en el Nuevo Testamento para ilustrar el antes y el después de aceptar a Cristo como Salvador.

En la época romana no había agrupaciones sociales para defender la libertad y abolir la esclavitud. Poquísimos se planteaban la injusticia de hacer y mantener esclavos; era parte de la vida diaria. De hecho, los esclavos podían ser objeto de abuso y opresión, pero los que eran fieles y obedientes, solían recibir consideración y a veces llegaban a ser libres y contratados como ayudantes, educadores o contables, según su capacidad.

Pero el paso definitivo hacia la liberación era cuando un esclavo llegaba a ser hijo adoptivo. El versículo de hoy toma esta realidad de la sociedad del momento y presenta el contraste entre la esclavitud y la adopción. La primera era una condición de temor. Temor a ser humillado, apaleado, explotado física, emocional, o sexualmente… La segunda era la condición de hijo legítimo, la que permitía al adoptado dirigirse al pater potestas sin necesidad de título respetuoso, llamándolo simplemente Abba (Tapa.’ o `Padre’).

De acuerdo con la ley romana, el paso de esclavo a hijo adoptivo suponía un cambio gigantesco. Desde el momento de la adopción, el hijo adoptivo recibía un nombre nuevo y el apellido de la familia; por si fuera poco, adquiría el derecho a recibir la parte correspondiente de la herencia, como cualquier hijo legítimo; además, pasaba a ser considerado como hijo biológico y legítimo ante la ley romana; finalmente, la vida previa era borrada por completo y la esclavitud olvidada totalmente.

Aceptemos hoy el privilegio de no ser más esclavos, sino hijos de nuestro Dios. Ello nos hará olvidar nuestras deficiencias e imperfecciones para centrarnos en ese espíritu de adopción que nos da derecho a tratar a nuestro Padre celestial con el afecto de un niño.