“Mi reino no es de este mundo -contestó Jesús-. Si lo fuera, mis propios guardias pelearían para impedir que los judíos me arrestaran. Pero mi reino no es de este mundo»
Juan 18:36
Lo llamaban el «Papa Guerrero»; y hay que reconocer que el papa Julio II tuvo algunas genialidades. Algunas de ellas, buenas; y otras… bueno, no tanto.
Una de las buenas razones por las que todavía lo recordamos luego de quinientos años es que contrato a Miguel Ángel para pintar la bóveda de la Capilla Sixtina en Roma. Seguramente viste la pintura del dedo de Dios que se estira para conectarse con la mano de Adán. Ese es solo un detalle de una pintura de más de trescientas figuras, que cubre una superficie de 40 metros de largo por 13 metros de ancho. Se la considera una de las mejores obras de arte del mundo.
Una de las cosas más impactantes sobre este dirigente eclesiástico era su amor por la guerra. Anciano y con barba blanca, se vestía con casco y malla metálica, y dirigía a sus tropas en el ataque. Cuando Miguel Ángel estaba trabajando en una gigante estatua de bronce que representaba a Julio, le preguntó al Papa si ponía un libro en su mano izquierda. «Pon una espada allí», respondió el hombre que, supuestamente, representaba a Cristo. «No sé nada de letras».
Una de las ambiciones de Julio Il era tirar abajo la antigua iglesia de San Pedro y construir algo que representara su genialidad. La nueva catedral, que tendría el domo más alto del mundo, era extremadamente costosa. A fin de recaudar dinero para la construcción, Julio vendía indulgencias (es decir, el perdón de los pecados). Este proceder para obtener dinero asombró a un monje alemán llamado Martin Lutero, que creía que la salvación era un don gratuito.
Cuando tanto Lutero como otros creyentes vieron que este papa era ávido para promover guerras de conquista y que le encantaba erigir edificios para su propia gloria, comenzaron a perder confianza en la Iglesia Católica. Y, por esto mismo, Julio II hizo una contribución más a la historia; una que no planeaba hacer: ayudó a encender la llama de la Reforma Protestante, de la cual surgió la Iglesia Luterana y, con el tiempo, la Iglesia Adventista del Séptimo Día.
Quizá sea apropiado que, más adelante, la estatua de bronce de Julio II haya sido derretida y convertida en un cañón. Los soldados le pusieron el sobrenombre de La Giulia, por el papa Guerrero.

