«Porque él es nuestro Dios y nosotros somos el pueblo de su prado; ¡somos un rebaño bajo su cuidado!»
Salmo. 95:7
No había dinero en el Jardín del Edén. Lo cual estaba perfecto, ya que Adán no tenía dónde guardar una billetera.
Incluso luego de dejar su hogar en el Edén, Adán y Eva no inventaron el dinero. Estaban demasiado ocupados intentando ganarse el sustento de la dura tierra, y esperando a tener suficientes hijos como para abrir un colegio religioso.
Así que el mundo antiguo por mucho tiempo giró y giro sin dinero. Pero, era difícil identificar quién era exitoso, así que uno de nuestros ancestros sugirió: «¿Por qué no vemos quién tiene más ovejas?»
Las ovejas hacían las veces de dinero en la mayoría de las situaciones. Podías intercambiarlas por bienes y servicios. Eran fáciles de contar. Y solían alejarse y perderse cada vez que había que pagar el alquiler.
Lo difícil de las ovejas era su tamaño. Por un lado, no se perdían debajo de los almohadones del sofá, como las monedas actuales. Pero, cuando querías hacer un viaje, era más complicado llevarlas que un fajo de billetes.
Así que la gente comenzó a buscar un tipo de moneda más compacto, y su atención se posó en objetos pequeños y brillantes como el oro y las gemas. Más adelante, la gente intentó llevar algunos kilos de monedas en sus bolsillos; después comenzó a utilizar los billetes. Básicamente, esto equivale a que el gobierno les da papelitos a todos y les dice que hagan de cuenta que valen algo.
Pero, el papel moneda funciona. Y funciona mejor que las ovejas porque, si compras un caramelo con un cordero, ¿cómo te darían el cambio en la tienda?
Sin embargo, hay algo que omitimos cuando tenemos una cuenta corriente en lugar de un rebaño lanudo. Tenemos una comprensión mucho menor de lo que Dios quiso decir con que somos «el rebaño de su prado».
Él está diciendo que, aunque somos tontos, nos confundimos fácil y no podemos cuidar de nosotros mismos, somos tan valiosos para él como el dinero en el banco.

