«Conocemos lo que es el amor verdadero, porque Jesús entregó su vida por nosotros. De manera que nosotros también tenemos que dar la vida por nuestros hermanos. Si alguien tiene suficiente dinero para vivir bien y ve a un hermano en necesidad pero no le muestra compasión, ¿cómo puede estar el amor de Dios en esa persona? Queridos hijos, que nuestro amor no quede solo en palabras; mostremos la verdad por medio de nuestras acciones»
1 Juan 3:16-18, NTV
Era un buen día para pescar. John Nápoli estaba volviendo a San Francisco con 250 kilos de salmón en cajas sobre la cubierta de su barco. Todavía estaba a varios kilómetros de la costa cuando le pareció ver una tortuga en el agua. Entonces, la perdió entre la niebla.
Un minuto después, se sorprendió al ver el casco de un carguero a través de la niebla. Entonces, apareció una embarcación de la Guardia Costera y alguien le gritó algo. Pensó que la persona decía algo de un hombre en el agua. Con una sensación fea en el estómago, recordó lo que había visto.
Le hizo señas al guarda costero para que lo siguiera y dio la vuelta hacia el lugar en donde había visto la «tortuga». Era un hombre. Estaba casi inconsciente y sangraba por varios cortes, Nápoli lo subió a bordo. Luego, la niebla se disipó. El pescador miró a su alrededor, horrorizado: era la escena de una colisión entre dos barcos.
-Esas cabezas que se veían meciéndose en el agua como gaviotas -dijo más tarde con su acento italiano-. Se me erizó el pelo.
Había poco tiempo. Pronto la marea los llevaría hacia el mar profundo.
John arrastró más sobrevivientes sobre la barandilla de su bote. La mayoría de ellos estaban azules y temblando, y no podían subirse solos. «Tenía que hacer lugar para que no lastimasen a los demás cuando cayeran sobre la cubierta. Así que lancé las cajas de pescado al agua», recuerda.
Él era un hombre de contextura pequeña, y apenas tenía fuerzas para levantar a cada sobreviviente a su bote. Tenía que esperar a que una ola elevara a la persona para que estuviera más cerca de la cubierta. Cuando se encontró con varios marineros robustos en el agua, se dio cuenta de que no podría levantar a ninguno de ellos; así que los arrastró hasta otro bote de rescate.
Se dice que John salvó a setenta personas de morir ahogadas. Ese día, también realizó un sacrificio que fue más allá de los peces que arrojó al agua. Se lesionó tanto la espalda que nunca más pudo pescar. Pero, a veces, hay que dar una mano.

