«Judá se alegró por el juramento que habían hecho, pues juraron de todo corazón, y con toda su voluntad habían buscado al Señor».
2 Crónicas 15:15
El autor del himno del que vamos a hablar hoy -inició el papá el devocional— fue Philip Doddridge. Su madre había tenido dieciocho hijos, pero todos habían muerto a temprana edad. Así que cuando nació Philip, la partera pensó que estaba muerto y no lo atendió.
En seguida el bebé lloró y la madre se dio cuenta de que su hijo iba a vivir para cumplir una misión. Dedicó los primeros años a enseñarle las Sagradas Escrituras; lamentablemente la madre murió cuando él tenía ocho años, y unos años más tarde murió también su padre. Se quedó huérfano a los doce años.
-¡Qué pena que murieron sus padres y se quedó solo! —lamento Susana.
—Es muy triste cuando los padres se dan cuenta de que van a morir y sus hijos son pequeños -continuó el papá-. Philip estuvo bajo la custodia de una persona que vendió la herencia que le habían dejado y luego lo abandono. Pero Dios nunca lo abandonó. Un pastor le ayudó mucho en su educación espiritual, y lo animó para que fuera ministro también.
-Siempre hay personas buenas a las que les gusta ayudar -comento Susana.
-Philip llegó a ser pastor y dio clases en un seminario. Escribió varios himnos, pero el más conocido es «¡Feliz el día!», y como otros himnos, se ha cantado con diferente música. Nosotros lo conocemos con la música compuesta por Edward F. Rimbault. Es común cantar este himno en los bautismos. Considero que cuando nos entregamos a Jesús es el día más feliz, ¿no les parece? -concluyó el papá.
Tu oración:
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¿Sabías qué?
Jesús, la noche antes de su muerte, cantó salmos con sus discípulos.

