«El capitán contestó: «Señor, yo no merezco que entres en mi casa; solamente da la orden, y mi criado quedará sano»».
Mateo 8:8
-Dios toca a veces los corazones de las personas que menos esperamos -dijo la mamá iniciando el culto—. Uno de los milagros que Jesús realizó fue para sanar al siervo de un capitán romano. Este había llegado a conocer la religión de los judíos, y estaba convencido de que era superior a la suya. Le habían llegado noticias de los milagros de Jesús y tuvo fe para ir a pedirle que sanara a su siervo.
—Por lo general, no se trataba bien a los siervos, ¿verdad? -preguntó Susana.
-No. Los compraban y los ponían a trabajar mucho -añadió Mateo.
-Y también eran maltratados. Pero el centurión tenía un buen corazón y se preocupaba por las personas que trabajaban para él —aseguró la mamá-. El siervo estaba paralizado y tenía terribles dolores, y el centurión lo apreciaba mucho. Por eso habló con Jesús, para pedirle que lo sanara. «Iré a sanarlo», le dijo inmediatamente Jesús, y se dispuso a salir para la casa del centurión.
Pero este le contestó: «Señor, yo no merezco que entres en mi casa; solamente da la orden, y mi criado quedará sano». Él, a pesar de ser todo un capitán del poderoso ejército romano, no se sentía digno de que alguien tan grande como Jesús lo visitara.
Jesús, impresionado con la humildad y la fe de aquel romano tan importante, miró a todos los presentes y les dijo que no había encontrado en todo Israel una fe tan grande como la de aquel hombre. «Luego Jesús le dijo al capitán: «Vete a tu casa, y que se haga tal como has creído»» (Mat. 8:13). Si pedimos algo a Jesús, debemos tener fe en que nos responderá.
Tu oración:
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¿Sabías qué?
Jesús tenía la costumbre de madrugar todos los días para orar a Dios. Su poder venía de su relación íntima con el Padre.

