“Así que no juzguéis nada antes de tiempo, hasta que venga el Señor, el cual aclarará también lo oculto de las tinieblas y manifestará las intenciones de los corazones. Entonces, cada uno recibirá su alabanza de Dios»
1 Corintios 4:5
PARAFRASEANDO A HAMLET, podríamos decir: “Juzgar o no juzgar, esa es la cuestión”. Somos muy rápidos en juzgar a otros y muy remisos a juzgarnos a nosotros mismos. Con una vara nos medimos y con otra medimos a los demás.
«Tu meta no es ser mejor que alguien, sino ser mejor de lo que solías ser” (Wayne Dyer).
Podremos “juzgar» y evaluar a nuestro prójimo, cuando nos hayamos examinado primero nosotros, y cuando ya tengamos toda la información, cuando lo hagamos con humildad, dando los pasos bíblicos, y movidos por el amor con el propósito de restaurar y ayudar a crecer.
«Trata de sobrellevar con paciencia las debilidades y los defectos ajenos, cualesquiera que sean, porque tú también tienes muchos defectos que los demás tienen que soportar. Si tú mismo no puedes ser como deseas, ¿cómo vas a pretender que los demás sean como tú quieres? Pretendemos que sean perfectos y nosotros no enmendamos nuestras propias miserias» (Tomás de Kempis).
Según Pablo, hay tres problemas en Corinto con los que juzgan el ministerio.
- Se trata de un juicio anticipado, extemporáneo; de un «pre-juicio», por lo general, negativo. Eso lleva a hacer un juicio previo y mal planteado. El momento adecuado para el juicio es en el regreso del Señor.
- . Juzgar conforme a normas erróneas. Los corintios evaluaban según sus propias opiniones, sentimientos y prejuicios. La única norma segura es el invariable «Escrito está» de la Palabra de Dios.
- La motivación equivocada. Entre los corintios, la motivación no era espiritual. Atacaban a los siervos de Dios para imponerles sus ideas. Promovían las divisiones en la iglesia. Dios es el único que conoce las motivaciones y así juzgar con justicia.
«Cristo se revistió de nuestra humanidad para poder ser nuestro Juez (Juan 5:22, 26, 27). Ninguno de nosotros ha sido designado para juzgar a los demás. Todo lo que podemos hacer es corregirnos a nosotros mismos. Exhorto a todos, en el nombre de Cristo, a obedecer la orden que él nos da, de no sentarnos jamás en el sitial del juez.
Este mensaje ha repercutido día tras día en mis oídos: «Bájense del estrado del tribunal. Bajen de ahí con humildad» (Consejos para la iglesia, p. 469).

