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Agua de vida – 4a parte

“La mujer dejó su cántaro y se fue al pueblo, donde dijo a la gente: ‘Vengan a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho. ¿No será este el Mesías?’ ”

Juan 4:28, 29

El forastero había visto el corazón de la mujer samaritana y, sin embargo, la amaba y la perdonaba. Pero había algo más interesante. Aunque los escritores de la Biblia registraron muchos encuentros que Jesús sostuvo con diferentes personas, solo a la mujer de Samaria le declaró de manera directa que él era el Mesías prometido. La honró con esa maravillosa revelación, a pesar de tratarse de una marginada entre los marginados.

Dos cosas sucedieron en ese momento. Los discípulos regresaron del pueblo donde habían ido a comprar comida. Juan comenta que se sorprendieron al encontrarlo hablando con una mujer. Los dirigentes judíos no hablaban con mujeres en público. En ese momento, la mujer dejó caer al suelo su cántaro de agua y salió de allí corriendo. Pero no estaba huyendo de los discípulos; salió corriendo hacia el pueblo.

De repente, dejó de tener miedo. Ya no estaba avergonzada. Ya no tenía necesidad de bajar la cabeza o apartar la vista de las “personas decentes”. Había sido perdonada. Ahora era libre, y la libertad dio alas a sus pies. Se apresuró hasta el primer grupo que encontró y gritó: “Vengan al pozo. Vengan a conocer a un hombre que sabe todo sobre mí. Él me conoce por dentro aunque apenas nos acabamos de conocer. ¿No será el Mesías?” Siguió corriendo, tocando puertas: “Vengan al pozo. Hay un hombre allí que creo que es el Mesías”.

La gente estaba sorprendida; más que eso, conmocionada. ¿Qué le había pasado a la mujer de ojos tristes, que cruzaba la ciudad apresuradamente a la hora más calurosa del día para que nadie la viera? Un pequeño grupo la siguió al pozo, acosándola con preguntas. Y cuando se encontraron con el Maestro, lo entendieron todo. Hablaron con él hasta el anochecer y luego le rogaron que pasara la noche con ellos. Jesús se quedó en Sicar dos días más, enseñando, sanando y haciendo amigos. En cuanto a la mujer, su vida cambió para siempre. Ya no tenía que esconderse de su pasado. Ahora era libre.

En el capítulo 61 de Isaías estaba descrita la misión del Mesías: aliviar a los quebrantados de corazón, dar libertad a los cautivos, traer a luz a los que están en oscuridad, consolar a los que lloran y llenar los corazones de alegría y alabanza (vers. 1-3). Y eso fue exactamente lo que hizo por ella.

Tompaul Wheleer tiene un máster en Cinematografía y es director de películas y documentales cristianos. Vive en Tennessee, Estados Unidos.