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Los apodos de Dios

Devocional adventista para la mujer 2022

“Ahora, así dice Jehová, Creador tuyo, oh Jacob, y Formador tuyo, oh Israel: No temas, porque yo te redimí te puse nombre, mío eres tú”

Isaías 43:1

Cuando éramos niñas, mi hermana melliza no podía pronunciar bien mi nombre. Entonces, en lugar de llamarme Vanesa, me puso un apodo: Peta. Aun ahora, muchos años después, mi familia me sigue diciendo Peta. Oír este apodo evoca tantos recuerdos… El perfume de la retama del patio, los agobiantes veranos de Buenos Aires y el pregón del vendedor ambulante: “¡Sandía, calada la sandíaaaaa!» Un apodo es el resumen de una historia compartida, un secreto, un guiño de complicidad.

La Biblia tiene muchos ejemplos de personas a las que Dios les dio un nombre nuevo para conmemorar un cambio importante. Abram se convirtió en Abraham y Saraí en Sara; Jacob se convirtió en Israel y Simón en Pedro. Pero la Biblia también tiene ejemplos de personas que le dieron un apodo a Dios. Abraham lo llamó: “El Señor proveerá” (Yahweh-jireh), cuando Dios proveyó el carnero para ser sacrificado en lugar de Isaac. David dijo: “El Señor es mi pastor” (Yahweh-rohi), comparándolo con su trabajo como pastor de ovejas. Agar lo llamó: «El Dios que me ve” (El-roi), el Dios que se fija hasta en la aflicción de una esclava.

Estamos tan familiarizadas con estos nombres al leer a Biblia, que olvidamos que antes de entrar en el canon no fueron más que apodos; resúmenes de una vivencia única entre el Creador y la criatura. Si tuvieras que darle un apodo a Dios para conmemorar un momento especial, ¿cómo lo llamarías?

Yo lo llamo «el Reciclador insuperable”. Dios puede tomar lo peor de mi vida, de mi pasado o de mis decisiones, y aun así crear belleza. Allí donde huele a estiércol, Dios fertiliza. Allí donde soy débil, Dios siembra para su gloria. Yo lo llamo «el Sustentador de mi destino». Es quien me recuerda que la batalla le pertenece a él, no a mí. Es quien abre ríos en los sequedales y trae vida a mis valles de huesos secos. Yo lo llamo “El tierno». Es el que hace que mis amigas me llamen por teléfono justo cuando me siento triste.

Dios no quiere una relación formal y distante contigo. Él quiere una relación tan cercana que podamos tener historias y apodos compartidos.

Señor, gracias por ser el reciclador insuperable; por ser quien redime mis errores y aun mi pasado, quien me devuelve los años devorados por el miedo y la soledad. Gracias por ser el sustentador de mi destino, quien pelea mis batallas y defiende mi honor. Gracias por ser tierno; por usar cada detalle para recordarme cuánto me amas.

Vanesa Pizzuto es licenciada en Comunicación Social por la Universidad de La Matanza, Argentina, y tiene un máster en Educación por la Universidad de Hertfordshire, Inglaterra. Es la autora de la serie de cuentos bilingües Amancay, publicada por este mismo sello editorial, así como de numerosos artículos. Trabajó como docente y como presentadora de radio para Radio Adventista de Londres. De nacionalidad argentina, Vanesa vive en Inglaterra.