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La ley de la vida

Devocional adventista para adultos 2022

Mientras ellos se encontraban allí (en Belén), se cumplió el tiempo de que ella diera a luz, y allí tuvo a su hijo primogénito; y lo envolvió en pañales, y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en ese albergue.

Lucas 2: 6, 7, RVC

SI HAY ALGO QUE GRANDES Y CHICOS disfrutamos en esta época del año, es ver las representaciones del nacimiento del Niño Jesús con niños actores. No importan lo que hagan estos pequeñuelos, todo les queda bien, incluso cuando «ligeramente» se salen del relato bíblico, como sucedió en la siguiente historia que cuenta Alfred C. McClure.

El protagonista de la historia es Wally, a quien le asignaron el papel de hostelero. Cuando José y María llegan a la posada, preguntan si hay un cuarto disponible; y explican que ya han buscado por todo el pueblo, pero nada han conseguido. Entonces Wally, «el posadero», cumpliendo de manera impecable su papel, responde:

–Pues aquí tampoco hay lugar, ¡Lo siento!

Cuando escuchan las malas nuevas, José y María, a paso lento, comienzan a retirarse. Desde la puerta de la posada, Wally los observa. De repente, poniendo a un lado el guion del programa, exclama:

-Por favor, José, no te vayas. Regresa con María. ¡Pueden quedarse en mi cuarto! *

Ciertamente, esa no fue una «ligera» modificación del relato bíblico. ¡Lo que Wally hizo fue darnos una nueva versión! Sin embargo, hay en ella al menos dos preciosas lecciones, ambas muy apropiadas para recordar en esta Navidad.

La primera lección la señala el mismo Alfred McClure cuando escribe que, no solo al nacer en el establo, sino también al morir en el Calvario, Jesús estuvo dispuesto a sacrificarse con tal de que tú y yo pudiéramos tener un lugar en su reino.

La segunda lección tiene que ver con lo que, según El Deseado de todas las gentes, es «la ley de la vida para el universo». Si « la gloria de nuestro Dios consiste en dar» y si Cristo «recibió todas las cosas de Dios, pero las recibió para darlas» (cap. 1, p. 13), ¿qué haremos nosotros con las innumerables bendiciones que Cristo nos ha dado? ¿Las compartiremos, o egoístamente las retendremos?

Recordemos hoy que «hay más dicha en dar que en recibir». Recordemos, además, que al compartir de lo que hemos recibido, no solo estaremos ayudando a alguien en necesidad —de pan, de vestido, de cariño, de aliento—, sino que además estaremos glorificando el nombre de quien dio «a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree no se pierda, sino que tenga vida eterna».

Padre celestial, ayúdame para que «el circuito de beneficencia» no se detenga en mí. Tú entregaste a tu Hijo amado; Cristo, a su vez, nos ha colmado de bendiciones; ahora yo también quiero dar de lo que he recibido para glorificar tu santo nombre.

*Alfred C. McClure, «You Can Have My Room», en Adventist Review, abril de 2000, p. 6.

Fernando Zabala, ya jubilado, ha servido como profesor, pastor, rector universitario, conferencista, editor y exdirector de la revista "Prioridades", además de ser el autor de varios libros, entre los que se destacan "Todo no da igual, A pesar de nuestras diferencias, me casaría de nuevo contigo y Saber vivir". Fernando Zabala está casado con Esther y juntos tienen dos hijos: Fernando Jr. y Mayerling; y tres nietas: Alexa, Amber y Annabella.