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Un Dios con corazón de padre

Y seré su Padre, y ustedes serán mis hijos e hijas, dice el Señor Todopoderoso.

2 Corintios 6:18

En una ocasión, salí a caminar con mi hijo Alan y su mascota. Hacía pocos días que el animalito había llegado a la casa, y mientras miraba a mi hijo con su perrito, pensé de repente en todos los años que Alan tendría que cuidar de él: alimentarlo, bañarlo, jugar con él, sacarlo a caminar y los demás cuidados que requiere un ser vivo. Entonces le pregunté: “Alan, ¿no crees que vas a cansarte de lidiar con Charlie?” Rápidamente me miró y me dijo, sin pensarlo un instante: “¿Tú te cansarás algún día de mí?” “No”, le respondí yo también sin tener que pensarlo un segundo. “Entonces, tampoco yo me cansaré nunca de Charlie”, sentenció mi hijo.

Luego me quedé reflexionando sobre cuán seguro está mi hijo de que yo lo amo. Él cree, sin niguna clase de dudas, que pase lo que pase no me voy a cansar de él. Y lo más extraordinario es que es cierto: yo no me canso de estar con él, de complacerlo, de orar con él y por él; no me canso de desear lo mejor para mi hijo.

No me canso de proveerle alimentos ni ropa. No me canso de verlo dormir, jugar, interactuar con otras personas. No me canso de mi hijo: punto. Hay algo en el corazón de un padre que no le permite cansarse de amar a sus hijos. Esa tarde también pensé que, así como Alan se siente seguro de mi amor por él, yo debería sentirme seguro del amor de Dios por mí, y creer que es un amor incansable.

Dios tiene un corazón de padre. Él mismo se ha encargado de hacernos saber que ese es el tipo de relación que desea tener con nosotros. Al hacer esto, Dios está tratando de darnos lo mejor que podemos recibir de él.

Quiere que nos sintamos seguros; quiere que sepamos que en todo momento estará ahí; que no podemos agotar su amor ni su disposición e interés por nosotros. Desea que podamos ir a él con toda confianza, que le hablemos todos los días, todas las veces que queramos, con la seguridad de que no se cansará. Y quiere que sepamos que, si algo no salió bien, podemos decirle la verdad, pedirle perdón y recibir su ayuda para no volver a fallar.

Somos sus hijos, por lo que tiene derechos sobre nosotros y nosotros tenemos privilegios y responsabilidades para con él. Y lo más hermoso: somos herederos. Y si se nos ha olvidado de quién estamos hablando, al final de este versículo él dejó su firma: “El Señor Todopoderoso”. ¡Ese es Papá!

Roberto Herrera tiene un doctorado en Ministerio Pastoral por la Universidad Andrews y una maestría en Administración y Liderazgo por la Universidad de Montemorelos. Cuenta con más de treinta años de experiencia como pastor de la Iglesia Adventista, en la cual ha servido en todos los niveles: pastor de iglesia, departamental y administrador.