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Dios nos da descanso

Llevad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas.

Mateo 11:29

Qué extraordinaria invitación nos hace Jesús: hallar descanso en él. ¿Y quién no está cansado de tantos intentos, de tanta preocupación? Solo hay una condición para recibir ese descanso: aceptar el yugo de Jesús. El “yugo”, por supuesto, es una metáfora o símbolo. Veamos a qué se refiere.

El yugo era una pieza de madera utilizada en tiempos del Nuevo Testamento, e incluso hasta hace poco. Con la ayuda de un arnés, se colocaba el yugo sobre el cuello de dos animales de tiro, especialmente bueyes o mulas, para que, colocados uno al lado del otro, tirasen juntos de un arado o de un carro.

Al pedirnos llevar su yugo, Jesús nos está pidiendo que consintamos en estar unidos a él y someternos a su dirección. En términos espirituales, esto significa que nuestra debilidad humana debe quedar sometida al poder divino de Jesús; que nuestra ignorancia debe ser conducida por su sabiduría; que nuestra impureza debe ser abandonada para caminar en santidad junto a él.

Puede parecer duro usar un yugo, símbolo de sometimiento, para explicar una verdad espiritual, pero Jesús aclara que no es dureza lo que pretende, puesto que él es manso y humilde. Y recuerda, este yugo ha de llevarnos al verdadero descanso en Cristo. Resulta evidente, por tanto, que lo que Jesús quiere es llevar él nuestras cargas, guiarnos él por el camino correcto y permitirnos vivir a remolque de su amor y de la salvación que ha logrado para nosotros.

Nuestra parte es el acto de fe de caminar a su lado, liberados en el sentido de no tener que vivir mirándonos a nosotros mismos o dependiendo de nuestras capacidades. Ahora, en yugo con Jesús, cuando venga la tentación él nos dará la salida; cuando nos amenace el enemigo con la condenación, Jesús nos recordará que nuestra deuda está saldada; cuando el pecado quiera esclavizarnos de nuevo, él nos liberará.

Llevar el yugo de Cristo es escondernos en él. Es en su perfección, en su pureza y en su santidad donde estará anclada nuestra fe, de tal manera que ya no vivo yo, sino que vive Cristo en mí, y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del hijo del hombre (ver Gálatas 2:20). ¡Eso es llevar su yugo!

Y trae descanso porque nos permite echar nuestras cargas a los pies de Cristo, con la seguridad de que él las llevará por nosotros. De esta manera, no vivimos bajo la presión de ganarnos la salvación.

Roberto Herrera tiene un doctorado en Ministerio Pastoral por la Universidad Andrews y una maestría en Administración y Liderazgo por la Universidad de Montemorelos. Cuenta con más de treinta años de experiencia como pastor de la Iglesia Adventista, en la cual ha servido en todos los niveles: pastor de iglesia, departamental y administrador.