Tened ánimo. […] No tengáis miedo.
Mateo 14: 27
El miedo es una emoción muy común que nos acompaña del nacimiento a la muerte. Como mecanismo de defensa en un mundo peligroso, compartimos esta realidad con muchas otras especies del reino animal: cuando intuimos la presencia de un peligro, el miedo nos impulsa a intentar evitarlo, a escondernos, a atacar o a huir, según los casos.
La Biblia nos dice que el miedo es una consecuencia inmediata del pecado. Nada más pecar, Adán se esconde de Dios, diciendo: «Oí tu voz en el huerto y tuve miedo, porque estaba desnudo; por eso me escondí» (Gén. 3: 10). Aunque no conocía la Biblia, Aristóteles también define el miedo como «una expresión del mal». Sus compatriotas paganos veían en el miedo un castigo de los dioses, y personificaron al temor con el demonio Deimos y al miedo con Fobos (que los romanos llamaron Pallor y Pavor, respectivamente).
El arma más poderosa de que dispone el enemigo no es la fuerza. Eso lo saben muy bien todos los poderosos. Para controlar y someter a las personas basta con el miedo. Ante el miedo transmitido con una amenaza, los individuos solemos doblegarnos como si ya nos hubieran atacado. Hasta el punto de que, en una alarma de incendio, por ejemplo, el miedo puede causar más daños que la catástrofe en sí.
El pasaje de hoy nos sitúa en la barca de los discípulos, en medio de una tormenta. El miedo les hace ver hasta lo que no existe, les hace ver un fantasma en su propio maestro. Por eso Jesús insiste: «No tengáis miedo. Soy yo».

