Él respondió a todos: ‘En verdad yo los bautizo en agua. Pero viene uno más poderoso que yo, de quien no soy digno de desatar la correa de sus sandalias; él los bautizará en Espíritu Santo y fuego’.
Lucas 3:16
El sentimiento natural del ser humano es querer ser reconocido por su trabajo y sus esfuerzos. Puede que no se sienta tan bien cuando ves que otros son reconocidos por logros que, a tu juicio, son menores que los tuyos. En ocasiones se critica a quienes otorgan los reconocimientos y se les llama favoritistas. Es difícil saber ubicarte en tu lugar si consideras tener las calificaciones para merecerlo todo.
Juan el Bautista ofrece un extraordinario ejemplo de humildad.
Contemporáneo de Jesús, había nacido producto de un milagro hecho por Dios, concebido en la vejez de sus padres. Todo el mundo estaba pendiente de saber qué sería de él con tantas señales divinas que lo marcaban como un niño especial. Aceptado y respetado como profeta, Juan tenía a la multitud en sus manos, gozaba de una popularidad total y no había líder en el escenario que le hiciera competencia. Pero él sabía quién era y para qué había nacido en este mundo. Ningún éxito empañó su visión: había venido para preparar el camino del Señor, por lo que estaba entregado a esa tarea en cuerpo y alma.
Cada día esperaba ver al que sería el Mesías, cada día aguardaba el momento del encuentro, cada día les recordaba a sus seguidores quién vendría. La aparición de Jesús en el mundo de Juan el Bautista fue el momento cumbre de su ministerio. Al ver a Jesús, le dijo: «Yo necesito ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí?» (Mateo 3:14). Bautizar al Hijo de Dios fue su más alto privilegio. Le dio la gloria y el reconocimiento a Jesús y, sin titubear, dijo a sus discípulos: «Él tiene que crecer y yo menguar» (Juan 3:30).
Saber quién eres y para qué has venido al mundo es más importante que todos los reconocimientos que te puedan dar. Hay que recordar que estás aquí por voluntad de Dios, por creación suya; que has venido para conocerlo y servirlo hasta que él regrese para llevarte a casa. Deja tu orgullo y aparta los celos. Permite que Jesús sea quien te reconozca, pero que esto sea en el Reino de los Cielos, porque todo es por su gracia.

