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El ascenso

LEVANTO LA VISTA HACIA LAS MONTAÑAS; ¿VIENE DE ALLÍ MI AYUDA?

SALMO 121:1

El Pico Paraná es el punto más alto del sur de Brasil. Con 1.877 metros de altura, su sendero para llegar a la cima no requiere técnicas de alpinismo profesional, pero es un buen desafío de montañismo para quienes no quieren simplemente quedarse en casa jugando videojuegos.

Recuerdo, como si fuera ayer, la primera vez que alcance esa cima. Es bueno saber que, a los 15 años, la sensación de disfrutar la vida llena de energía lleva a muchos adolescentes a «hacer el ridículo». Ese fue mi caso.

La caminata de 15 kilómetros requería pasar una noche allí para descansar lo suficiente antes del tramo final hacia la cumbre de la montaña. Estaba rodeado de amigos, de esos que uno tiene para toda la vida, y nuestro guía ya había subido unas 10 veces.

Como buen líder de conquistadores, nos advirtió: «Descansen, ¡que mañana viene lo difícil!». Pero nadie en mi carpa, incluyéndome a mí, escuchó el consejo. Llenos de energía, conversamos hasta altas horas de la noche en medio de ese paisaje increíble.

Cuando amaneció, y mi cuerpo pedía al menos 10 horas más de sueño con el canto de los grillos, el guía abrió la carpa y nos puso a todos en marcha. Mochila al hombro, botas de senderismo, pantalones gruesos para protegernos de las espinas, botella de agua que pesaba más de lo que debía, y una lluvia que pasó de llovizna a tormenta; todo convirtió las horas siguientes en un desafío físico.

Cubierto de barro, empapado y sudando como nunca, imploré una pausa no programada. El guía se acercó y me dijo con firmeza: «¡Anoche deberías haber guardado la energía de los gritos para usarla en los músculos!».

¡Vaya! Después de eso, quería cavar un hoyo para esconder mi cara de vergüenza. Retrasamos la subida, llegamos a la cima después del mejor momento, y cuando volvimos a subir el pico en otra ocasión, fui el primero en poner a todos a dormir.

Lección aprendida: tener energía no significa ser invencible. Jugar, gritar, correr y reír