ENTONCES PASÓ UN SAMARITANO DESPRECIADO Y, CUANDO VIO AL HOMBRE, SINTIÓ COMPASIÓN POR ÉL.
LUCAS 10:33
Tuve que ir al otro lado del mundo para sentirme dentro de la historia del buen samaritano. Japón me deslumbró con incontables virtudes, pero una situación empañó ese aire de perfección.
Estaba fascinado con la educación japonesa, su tono de voz suave y las sonrisas tímidas escondidas detrás de sus ojos rasgados. Hasta que pasé por un apuro. Junto a algunos amigos sudamericanos, acababamos de descender del temido y admirado monte Fuji.
Habíamos pasado la noche subiendo con gran esfuerzo solo para presenciar el espectacular amanecer en la famosa tierra del sol naciente. ¡Fue hermoso! Pero teníamos que bajar rápido, antes de que el sol transformara el camino en una sauna a cielo abierto. Llegamos agotados, completamente drenados de energía. Entonces, intentamos encender el auto.
Tosió, tembló y nada. Nada. ¡NADA! La batería se había agotado antes que nosotros. ¿Qué hacer? Teníamos los cables en el maletero, así que solo necesitábamos que alguien nos diera un poco de energía para arrancar. Es lo que en español solemos llamar «hacer puente».
Pasó el primer auto: su conductor japonés sonrió, pero no paró. El segundo ni miró. El séptimo saludó con la mano mientras seguía de largo. El décimo ni bajó la velocidad. No lo podía creer. ¿Esa gente tan amable se negaba a ofrecer una ayuda mínima que no le tomaría más de cinco minutos?
Contamos veinte autos que nos ignoraron por completo. Finalmente, cuando ya estábamos frustrados, un auto redujo la velocidad, bajó la ventanilla oscura, y el conductor preguntó: «¿Necesitan ayuda?» Gritamos que sí!
Era un alemán casado con una japonesa. Entendimos que, ya sea por miedo, por prisa o simplemente por comodidad, los japoneses no suelen ayudar a turistas varados en la carretera. El auto arrancó, el alemán desapareció, y nosotros nunca olvidamos la lección: el prójimo es todo aquel que necesita nuestra ayuda. Hoy, piensa en cuánta gente puede necesitarte. ¿Jesús se detendría a dar una mano? ¿No hizo lo mismo el buen samaritano?
¿Por qué no sorprender al mundo con la bondad de un cristiano dispuesto a ayudar sin juzgar a nadie? Puede ser un aventón, una información o hasta una prenda de ropa. Te sentirás mucho mejor después y serás más parecido a Cristo. Ah, y si viajas a Japón… ¡lleva una batería de repuesto!


