«Yo, con voz de gratitud, te ofreceré sacrificios; cumpliré las promesas que te hice. ¡Solo tú, Señor, puedes salvar!».
Jonás 2:9
-¿Recuerdan en qué nos quedamos ayer? Cuando los marineros echaron a Jonás al agua, él creyó que iba a morir -empezó a narrar la madre.
-¡Pobre Jonás! ¿Quién podría haber sobrevivido en esa situación? -preguntó Susana.
-Para Dios no hay nada imposible -respondió la mamá-. Dios envió un gran pez que se tragó a Jonás y dentro de él permaneció por tres días y tres noches. Fue seguramente el tiempo más largo de su vida. En la oscuridad, dentro de aquel gran pez, Dios estaba con Jonás y lo cuidaba.
Jonás hace una bella oración que está en el capítulo 2, y dice que allí, en lo más hondo del mar, había sido arrojado y se había sentido rechazado por Dios, pero en medio de la oscuridad tenebrosa y profunda, reconoció que el Señor no se había olvidado de él y lo había salvado. Ahora, agradecido, prometía cumplir la misión que se le había pedido: ir a Nínive. El pez lo vomitó en tierra firme.
Dios le dio la orden de nuevo y ahora sí, convencido de que debía obedecer al Señor, Jonás se dirigió a esa ciudad. Al llegar, caminó por todas partes gritando que en cuarenta días la ciudad sería destruida. Me puedo imaginar a los ninivitas saliendo de sus casas para escuchar lo que aquel extraño personaje les anunciaba.
Los ninivitas fueron sensibles a la voz de Dios, creyeron el mensaje y se arrepintieron. Desde el rey hasta los animales ayunaron; los ninivitas se vistieron de luto, pidieron perdón y Dios se lo otorgó. Jonás se enojó porque su reputación había salido perjudicada, según él, porque no se había cumplido lo que había predicho.
Qué pena que le importara más su reputación que la salvación de todo un pueblo. Cuán grande fue la gracia de Dios, que les dio otra oportunidad a los ninivitas. Nuestra misión es dar a conocer a Dios a los que no conocen su amor. Nunca tratemos de huir como Jonás.
Tu oración:
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¿Sabías qué?
Había más de ciento veinte mil habitantes en Nínive.

