Y en seguida el gallo cantó por segunda vez. Y Pedro se acordó de las palabras que Jesús le había dicho: ‘Antes que el gallo cante dos veces, me negarás tres veces. Y pensando en esto se echó a llorar.
Marcos 14:72
Se suele decir que las personas sólo son leales en tiempo de paz, y que, cuando la lealtad es puesta a prueba, muchas sucumben.
Casi puedo escuchar a Pedro diciéndole al maestro que, aunque todos lo negaran, él nunca lo haría. El Señor conocía la sinceridad de Pedro, pero también conocía su debilidad en la fe. Sabía que, a pesar de que en ese momento parecía tan seguro, su resistencia a la tentación era muy pobre. Aun así, lo amaba, entendía su humanidad, y su trabajo con él aún no había terminado. Debía permitir que pasara por esa prueba a fin de que entendiera cuán frágil podía ser sin su ayuda.
Después de huir como todos los demás, Pedro siguió de lejos a la multitud que llevaba preso al Señor. Entró en el patio semicamuflado, para no ser reconocido y poder mirar todo lo que sucedía con Jesús.
Fue interceptado por diferentes personas que lo reconocieron como un discípulo de Jesús. En tres ocasiones contestó que no conocía a aquel hombre, hasta que olvidó toda enseñanza pasada, todo pudor. Revivió en él el viejo hombre y, comportándose como un verdadero mundano, no le importó el juramento ni las promesas hechas; lo único que le importaba era su pellejo.
El gallo cantó. La mirada de Jesús buscó los ojos de Pedro, y los halló.
Ambas miradas se cruzaron y reflejaron lo que cada uno quería decir.
Pedro se mostraba avergonzado, frustrado, lleno de culpa y amargura.
Del otro lado, se veía la ternura, la compasión, la comprensión y el perdón en los ojos del Señor. Lo miraba como si le estuviera diciendo: «Pedro, ya sabía lo que ibas a hacer, pero te sigo amando».
¿Te has sentido así alguna vez? ¿Tan avergonzado que no tienes deseo de levantar la mirada? Jesús ya lo sabe porque no ha terminado su trabajo en ti. Aunque te parezca difícil, poco probable o imposible,
Jesús te sigue amando.
¿Qué has hecho? No lo sé, pero él sí, y conoce toda tu vida. A pesar de eso, te ama; no tienes por qué esconderte. Así es, no corras con tus culpas cargando un costal que no puedes llevar. Ven a Jesús a pesar de tus traiciones o fracasos. El Señor sabe cómo moldearte y te ve con misericordia. Solo él es capaz, y solo él te tiene la paciencia necesaria, porque todo es por su gracia.

