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Pasó la noche orando

En esos días Jesús fue al monte a orar, y pasó la noche orando a Dios.

Lucas 6:12

¿Cuánto tiempo has orado continuamente? ¿Media hora, una hora, tres, cuatro? Lo cierto ¿es que muy pocos pueden pasar una noche entera orando. No están acostumbrados, y muchas de las oraciones parecieran tener una fórmula: «Padre nuestro que estás en los Cielos, gracias por el día, bendice a mi familia, cuida de mis hijos, ayúdame en este día. En el nombre de Jesús, amén».

Pero, ¿por qué la experiencia propia de orar con el Señor es tan limitada? Puede tratarse de muchos factores. Sin embargo, creo que uno de los principales es que no tenemos confianza con Dios. No sabemos qué contarle, qué hablar con él. Sumado a esto, tampoco apartamos el tiempo para orar. Podría agregar que la tibieza espiritual genera apatía y quita las ganas de orar.

Orar a Dios es como hablar con un amigo. ¿Te puedes imaginar cuánto tiempo para hablar necesitan dos buenos amigos? Por supuesto, mucho. Entre amigos se puede pasar horas y horas hablando. Parece que el tiempo se detiene porque hay mucho que contar y, al final, ambos se sienten descansados, satisfechos, felices y llenos.

Jesús ofreció un ejemplo muy claro de cómo conversar con Dios cuando estaba a punto de escoger a sus doce discípulos. «¿A quién ele-gir? ¿Será Pedro una buena opción? Hay tanto que corregir en él. ¿Qué riesgos hay si llamo a Mateo? Está acostumbrado a robar; qué difícil situación». El Señor, Dios mismo, se tomó toda una noche para hablar con su Padre y analizar cada detalle de los candidatos a discípulo. Había tanto que pensar -mirar la condición actual, el futuro de la misión, el establecimiento de la iglesia, entre otras cosas— que el Señor no habló con su Padre solo esa noche: su vida era una vida de oración. Con justa razón te recuerda que ores sin cesar para que no caigas en tentación.

¿Cómo esta tu vida de oración? Con mucha oración hay mucho poder; con poca oración no hay deseo ni de seguir adelante. Tómate unos minutos para reflexionar y analiza tu situación. Dios quiere ayudarte. El quiere ser tu amigo porque hay mucho que te quiere decir. Empieza tu ejercicio de oración con cinco minutos; luego, aumenta a diez y, después, agrega otros diez, hasta que el paso del tiempo sea imperceptible. Habrá tanto que decir, y tu vida se convertirá en una vida de oración. Recuerda que todo es por su gracia.