Dondequiera que vamos, llevamos siempre en nuestro cuerpo la muerte de Jesús, para que también su vida se muestre en nosotros.
2 Corintios 4: 10
Hoy hablaré de un contrabandista, el hermano Andrew, cuyo nombre real es Andrew van der Bijl fue un misionero cristiano neerlandés conocido por su trabajo en contrabando de Biblias en Europa del Este durante la Guerra Fría, cuando muchos países estaban bajo regímenes comunistas.
La experiencia del hermano Andrew al distribuir Biblias de contrabando en la Europa comunista fue peligrosa y llena de desafíos. Viajaba en un Volkswagen Beetle cargado de Biblias y literatura cristiana, desafiando las fronteras y los controles aduaneros para llevar el mensaje cristiano a aquellos que vivían bajo regímenes totalitarios a riesgo de arresto, de encarcelamiento o incluso de asesinato por las autoridades comunistas.
En cierta ocasión, mientras se dirigía a la frontera entre Austria y Checoslovaquia, el hermano Andrew fue detenido en un control de aduanas. Los oficiales inspeccionaron su vehículo minuciosamente, pero no pudieron encontrar nada ilegal. Sin embargo, Andrew había escondido las Biblias y la literatura cristiana con cuidado entre los paneles de las puertas de su automóvil.
Cuando los oficiales de aduanas finalmente le permitieron continuar su viaje, Andrew les preguntó si podía abrir la puerta del vehículo para recuperar algo que se había caído. Al abrir la puerta, los libros y las Biblias se esparcieron por el suelo, sorprendiendo a los oficiales, que no habían detectado su presencia durante la inspección inicial. Sin embargo, en lugar de confiscar las Biblias, los oficiales se limitaron a ayudarlo a recoger los libros y, asombrosamente, le desearon un buen viaje sin hacer más preguntas.
Nada de esto se debió a la astucia del hermano cuando contestaba los interrogatorios al cruzar fronteras o a su sagacidad para esconder las Biblias. Con frecuencia dejaba algunas a plena vista para que quedara claro que Dios enceguecía los ojos de los agentes de aduana. En consecuencia, toda la gloria debería ser dada a Dios.
Compartir el evangelio de Jesús requiere valor y una gran fe en Dios. Cuando esos factores se juntan, el Señor puede abrir las puertas y permitir que su Palabra avance. Los apóstoles arriesgaron todo para que el evangelio corriera por el mundo conocido. Pablo habla de soportar «con mucha paciencia […] los azotes, las prisiones, los alborotos, el trabajo duro, los desvelos y el hambre» (2 Corintios 6: 4-5). Pero por desalentador que puedan sonar ese tipo de experiencias, son ellas las que nos permiten conocer a Dios como no lo conoceremos de ninguna otra forma.


