Vive Jehová, que el que tal hizo es digno muerte. Y debe pagar la cordera con cuatro tantos, porque hizo tal cosa, y no tuvo misericordia.
2 Samuel 12:5, 6.
El mismo David fijó su sentencia. Ahora sí se cumple la ley de la siembra y la cosecha: «Todo lo que el hombre sembrare, eso también segará» (Gál. 6:7). Si alguien decide tirarse de un décimo piso, y luego de saltar se arrepiente, pagará de todos modos las consecuencias de su decisión.
El doble pecado de adulterio y sangre destruyó los diques de los principios morales de la casa de David, dejando una descendencia que perfeccionó la lujuria y la violencia. Aunque David tuvo 19 hijos y una hija, Tamar, «sin contar los que tuvo con las concubinas» (1 Crón. 3:1-9), la Escritura solo nos habla de la vida trágica de tres de ellos: Amnón, el primogénito; Tamar; y Absalón, el tercero de sus hijos (2 Sam. 13). Amnón violó a Tamar, y Absalón lo mató por haber violado a su hermana. Absalón y Adonías, el cuarto hijo, se disputaron el poder hasta que corrió sangre (2 Sam. 15).
La galería de monstruos que rodearon a David se completa con dos personajes siniestros: Ahitofel. abuelo de Betsabé, que odiaba a David, y que fue el cerebro de la conspiración de Absalón: y Joab, que fue el tormento de los últimos días de David. Fue el mismo hombre que el rey usó como instrumento para asesinar a Urías.
Un proverbio dice que «los dioses hacen látigos con nuestros vicios para azotarnos».
En alguna medida, somos los arquitectos de nuestro propio destino. Nuestras decisiones siempre tienen consecuencias. No podemos escapar de las consecuencias de nuestras faltas. Pero Dios puede usar aun nuestros pecados para que aprendamos obediencia. ¡Mejor es el castigo divino que ser maldecido con la impunidad!
Todos cargamos sobre nuestros hombros la cruz del daño que nos infligimos a causa de nuestros pecados. Un estilo de vida intemperante tiene consecuencias. Algunas enfermedades que padecemos las hemos adquirido por derecho propio. Pero la misericordia de Dios nos alcanza siempre: para perdonamos, para restaurarnos y para darnos paz en el recuerdo de nuestros pecados pasados.
¡Dulce gracia que nos consuela por los errores que cometimos, y cuyas consecuencias aún padecemos!
Oración: Señor, gracias porque tu misericordia nos alcanza siempre.
Lecturas Devocionales Para Adultos 2019
Las Oraciones más Poderosas de La Biblia – Ricardo Bentancur

