«Dios es nuestro amparo y fortaleza, nuestra ayuda segura en momentos de angustia» (Sal. 46: 1)
Una noche, me sentía realmente cansada después de llegar de un taller al que había asistido con algunos colegas. Mi esposo y yo oramos, y él se fue a dormir. Yo me acosté en el sofá tratando de relajarme mientras escuchaba el parte meteorológico. Lo ultimo que escuché, antes de quedarme dormida, fue la advertencia de una fuerte tormenta. Me pareció que paso tan solo un momento, cuando me desperté repentinamente a causa de un ruido muy fuerte. ¡Una pared se estaba cayendo encima! Pero, en mi confusión, pensé que la tormenta había arrancado un árbol y lo había arrojado contra la casa. El Señor es misericordioso porque en mi instinto fue salir corriendo hacia la cocina, llamando a gritos a mi esposo. Él despertó y corrió hacia mí, pensando que alguien había entrado a robar. Pero no.
– ¡Mira! – grité – ¡Mira!
Para nuestro asombro, había un auto en nuestra sala de estar, atrapado por los escombros de ladrillos de la pared de nuestra casa. También había algunos arbustos, y los muebles ahora estaban en el otro extremo de la habitación.
La mujer que manejaba el auto estaba ebria. Además, no tenia permiso para conducir ni tampoco seguro. Trató de escapar apenas salió del auto pero, para ese entonces, los vecinos estaban llegando para averiguar qué había producido el ruido y llamaron a la policía. Entonces, nos comunicamos por teléfono con algunos familiares para contarles lo que había sucedido, ya que no queríamos que se enteraran por las noticias.
Cuando mi madre entró en la casa, el sofá llamó su atención.
-Pero ¡no pudiste haber estado allí! -me dijo.
-Yo estaba exactamente allí -le contesté.
El Señor me había resguardado de los escombros, los ladrillos, el hormigón y los vidrios que ahora cubrían el sofá.
-¡Es un milagro que no me haya pasado nada! -exclamé.
Nuestros vecinos nos ayudaron a cubrir el auto y el agujero de la pared con plástico, para que la lluvia no entrara en la casa. Entonces, se acercaron a mi esposo y a mi.
-Ustedes deben ser cristianos – nos dijeron.
Les preguntamos por qué pensaban eso pues todavía no nos conocíamos bien.
-¡Porque no golpearon a la mujer! -respondieron.
Al día siguiente la mujer y su familia vinieron a nuestra casa. Ella lamentaba mucho lo que había ocurrido. Le dije que estaba agradecida a Dios porque ambas estábamos vivas, la abracé. Espero que haya sentido que la había perdonado. Alabado sea Dios por su misericordia y perdón … ¡y por sus milagros!
BERTA HALL
Lecturas devocionales para mujeres 2018
Bendecida – Ardis Dick Stenbakken

