«Escúchenme, ustedes que distinguen entre lo bueno y lo malo, ustedes que atesoran mi ley en el corazón. No teman las burlas de la gente, ni tengan miedo de sus insultos»
Isaías. 51:7, NTV
Nadie recuerda lo que Preston insistía en hacer… o en dejar de hacer. Quizá se negaba a comer sus verduras en la cena. Pero toda la familia recuerda que el niño estaba empecinado con algo. Su madre sacudió la cabeza con frustración. «Eres tan testarudo como Tobías, el burro de nuestro vecino», dijo.
El hermano y la hermana de Preston se rieron. «Por favor, pásame la manteca, Tobías», se burlaron mientras se seguían riendo.
Esto fue allá por la época en que las familias tenían caballos y burros como hoy tenemos automóviles. Necesitaban los animales para tirar de carros y arados. Los burros tenían la reputación de negarse a hacer trabajos que no querían hacer.
Sus hermanos nunca dejaron de llamar a Preston por su sobrenombre, aunque lo acortaron a Toby. Su familia y amigos siguieron llamándolo Toby hasta que tuvo un hijito, quien tomó el sobrenombre, y lo ha mantenido con orgullo hasta el día de hoy.
Algo similar le sucedió a Andrew Jackson cuando se postuló para presidente de los Estados Unidos en 1828. Al igual que en otras elecciones, había muchos insultos. Los opositores de Andrew a menudo lo llamaban «jackass» [estúpido]. En realidad, es el nombre de un burro macho, pero ellos lo decían de manera grosera.
En vez de sentirse mal, Andrew sonreía y, luego, comenzó a poner imágenes de un burro en sus carteles de campaña. Pronto, la gente olvidó que era un insulto, y el burro llegó a ser el símbolo para todo el partido político demócrata.
Cuando alguien es tan grosero como para insultarte, queda en ti qué sucederá a continuación. Puedes sentirte mal durante días. Puedes ignorarlo. Puedes aprender de eso. O hasta puedes hacerlo tuyo así como hizo Andrew Jackson.
Los insultos de otras personas no cambian cuánto te ama Dios. Y su opinión es la única que importa.

