«Cuando me llamen, yo les responderé; estaré con ellos en medio de las dificultades. Los rescataré y los honraré»
Salmos 91:15, NTV
Cuando estás viajando por el oscuro silencio del espacio, camino a la Luna, lo último que quieres escuchar es un golpe fuerte proveniente del exterior de tu nave. Eso tiende a ponerte nervioso.
La nave Apolo 13 se sacudió. Se encendieron las luces de advertencia. El comandante de la misión, James Lovell, revisó los medidores. Una fuente de energía había fallado. Un tanque de oxígeno estaba casi vacío, y podía ver como bajaba la aguja en el otro tanque. Miró por la ventana lateral y vio un chorro de combustible escapándose al espacio. «Fue entonces cuando una plomada descendió hasta el fondo de mi estómago y realmente pensé que estábamos en graves problemas», recuerda.
Estaban a 320 mil kilómetros de la Tierra, sin aire, sin energía y sin agua. James anunció su problema al Centro de Control de Misión de la NASA en Houston, Texas. Inmediatamente, las mejores mentes del programa espacial comenzaron a idear una manera de rescatar a los tres astronautas del Apolo. Para ahorrar energía, apagaron todos los aparatos electrónicos. La temperatura bajó a 4°C.
Podían obtener oxígeno del Módulo Lunar, pero ¿cómo eliminarían el venenoso dióxido de carbono que se acumularía en el aire cuando respiraran? Los ingenieros de la Tierra descubrieron una manera de hacer un «depurador de aire» con cinta adhesiva, mangueras y una media.
Dentro de una nave espacial fría y oscura en movimiento, los tres hombres circundaron la Luna y utilizaron su gravedad para impulsarlos de nuevo hacia la Tierra. Ahora, había varias cosas que tenían que salir perfectamente bien. Y todo salió así, gracias a los cálculos realizados por los ingenieros en la Tierra.
Cuando estés en problemas, siempre puedes decir: «Dios, tenemos un problema”. Entonces, confía en que él pondrá todo el cielo a trabajar en tu dificultad. El equipo de control de misión de Houston fue bastante bueno, pero el del cielo es aún mejor.

