«En esto sabré que te he agradado: en que mi enemigo no triunfe sobre mí. Por mi integridad habrás de sostenerme, y en tu presencia me mantendrás para siempre»
Salmo. 41:11, 12
No estoy seguro de si Harry Truman alguna vez quiso ser presidente de los Estados Unidos. Franklin D. Roosevelt apenas pudo convencerlo para que fuese su vicepresidente. Hacía apenas tres meses que Harry era vicepresidente cuando recibió una llamada urgente de la Casa Blanca. Al llegar allí, se enteró de que el presidente había muerto. Fue a consolar a la primera dama, Eleanor Roosevelt.
-¿Hay algo que pueda hacer por usted? -preguntó.
-¿Hay algo que nosotros podamos hacer por ti? -respondió ella-. Tú eres quien está en problemas ahora.
Harry realmente sintió el enorme peso de su nueva responsabilidad. Poco después de asumir su nuevo cargo, Truman les dijo a los reporteros: «Si acostumbran a orar, oren por mí ahora. No sé si alguna vez se les cayó una carretada de heno encima, pero cuando me dijeron lo que sucedió ayer, sentí que la Luna, las estrellas y todos los planetas me cayeron encima».
Como presidente, Harry tenía dos cuadros pequeños sobre su escritorio. Uno de ellos decía: «The buck stops here» [La pelota se detiene aquí]. La palabra inglesa buck puede referirse a un dólar, y también al mango de un cuchillo hecho de cuerno de venado (buck: ciervo) que usaban los jugadores de póquer.
A esto último se refiere la frase. Luego de que se repartieran las cartas, se le pasaba el cuchillo al jugador que lo haría en la siguiente roda. Si este no quería repartir, le pasaba el mango a la siguiente persona. «Pasar el mango» (o en español, «pasar la pelota») llegó a significar el pase de la responsabilidad (o la culpa) a otra persona.
«La pelota se detiene aquí» era la forma en que Harry decía que nadie más que él era responsable de las decisiones que tomaba (no le pasaba «la pelota» a otro). Y de todos los presidentes estadounidenses, él fue uno de los que tomaron decisiones muy difíciles. Truman fue quien dio la orden de lanzar bombas nucleares en Japón, creyendo que, si la guerra terminaba antes, se salvarían cientos de miles de soldados de ambos bandos.
El otro cuadro en su escritorio era una cita de Mark Twain, que reflejaba su determinación de hacer lo mejor para el país. Decía: “Siempre haz lo correcto. Eso gratificará a algunos y asombrará al resto».

