«Al orgullo le sigue la destrucción; a la altanería, el fracaso»
Proverbios. 16:18
Lori y yo nos pusimos máscaras y tubos de buceo, y entramos en el Mar Rojo. Este era el mismo Mar Rojo por el que los israelitas pasaron, y me a pregunté si pudieron ver a través del agua tan nítidamente como nosotros. Los peces eran de colores brillantes. Vimos una anguila con cabeza dorada nadando por el agua. Encontramos una concha marina en espiral como a seis metros de profundidad y me la traje como recuerdo.
Nadamos por el arrecife hasta que nuestros dedos quedaron todos arrugados, y entonces llegó la hora de volver a nuestra vida de mamíferos terrestres. Subimos a un taxi y nos dirigimos de vuelta al hotel. El taxi era un Mercedes blanco, limpio, pero el conductor tenía olor feo.
Lori y yo nos miramos y levantamos las cejas. Reconocimos en silencio que las personas en otros países no tienen los mismos estándares de higiene personal que nosotros, los estadounidenses. Y bien. Seríamos misericordiosos y pasaríamos por alto el olor putrefacto en nuestro corto viaje.
De vuelta en nuestra habitación de hotel, nos estábamos preparando para la cena cuando notamos el mismo olor. Qué extraño. ¿De dónde provendría? Comenzamos a oler por la habitación como un par de sabuesos.
Nuestras narices terminaron en el bolsillo de mi traje de baño donde-sí, lo adivinaste-, había puesto la concha marina de recuerdo. Esto fue una lección para nosotros, de que no debemos tomar nada más que fotos cuando visitamos reservas naturales.
Pero, también fue una lección de humildad. Mientras mirábamos con desprecio al conductor del taxi por su falta de higiene, él fue amable y no le dio importancia al hecho de que sus pasajeros olían como el interior de un tacho de basura.

