«Él, por su parte, solía retirarse a lugares solitarios para orar»
Lucas. 5:16
Cada verano, cuando llegaba a la casa de mis abuelos, iba corriendo a o «mi» dormitorio. Del tamaño de un vestidor, el dormitorio no tenía una cama, solo un sofá dorado.
A la noche, mi abuelo tiraba del frente del sofá hasta que el asiento se deslizaba hacia adelante y el respaldo se caía hacia atrás. Los apoyabrazos quedaban como la cabecera y el pie de la cama. Luego de «dar un estirón» y crecer en altura, mis pies y mi cabeza tocaban ambos apoyabrazos, así que tenía que acostarme en diagonal.
Eso no era fácil, porque el centro de la cama tenía una hendidura enorme. Mi abuelo trataba de cubrirlo con frazadas, pero yo siempre despertaba en ese hueco. Cuando tenía que compartir la cama con mi hermana o una prima, ambas luchábamos por quedarnos de nuestro lado.
Afortunadamente, la mayoría de las noches tenía la cama para mí sola… casi. A veces, cuando me estaba quedando dormida… “¡Chirp!» Pausa. «¡Chirp!»
Yo gritaba hacia el pasillo:
-¡Abuelo!
Él venía corriendo a la habitación y hacía brillar su gran linterna de metal debajo de la cama. A veces, emergía triunfante con un pequeño grillo marrón que luego soltaba en la húmeda noche. Pero, la mayoría de las noches, el grillo encontraba un resguardo en algún pliegue del tapizado o el rollo del sofá.
Luego de una larga búsqueda, el abuelo sacudía la cabeza y murmuraba en alemán: “¡lch bin fertig!» («¡Terminé!») Entonces, yo me quedaba en la cama escuchando el «chirp» debajo de mí hasta que me dormía.
Pero, lo cierto es que nunca he dormido tan bien en ningún otro lado. Quizás era porque mis abuelos vivían cerca de Jersey Shore, así que mi abuelo me llevaba al puente cada día para saltar en las olas, hacer surf y excavar en la arena. O quizás era porque mis abuelos me dejaban dormir tanto como quisiera. También podía ser porque allí leía mi Biblia y oraba.
Esa cama se sentía como un lugar de seguridad y paz. Quizá por eso a los grillos también les gustaba.

