Hace quince años, un pacto de amor estremeció las redes sociales; sus protagonistas fueron dos jóvenes: Lan y Larissa. Se conocieron en 2005, * en la universidad de Pensilvania, y se enamoraron al instante.
Poco después se comprometieron a casarse cuando terminaran sus respectivas carreras pero, el 30 de septiembre de 2006, cuando Lan conducía su auto con la ilusión de ir a comprar los anillos de boda, un terrible accidente le provocó una lesión cerebral que lo dejó sin poder hablar ni caminar.
Larissa había hecho un pacto con su novio: casarse al terminar los estudios; pero cuando recibió la noticia, su vida pareció desplomarse. Entonces hizo un nuevo pacto, esta vez con Dios: «Si Lan logra recuperar el habla, me casaré con él.
No necesito que vuelva a caminar, solo que pueda comunicarse conmigo de nuevo para ser un matrimonio de verdad». Larissa cumplió su parte del pacto. Lan recuperó el habla y se casaron.
Los pactos son algo muy delicado, tanto cuando se hacen entre personas como cuando se hacen con Dios. De hecho, hacer un pacto con Dios no es hacer un acuerdo entre iguales, sino entre un ser infinito y una criatura finita, por eso no se puede tomar a la ligera. Pero hoy no quiero invitarte a que le propongas un pacto a Dios, sino a que aceptes el que él te propone desde las Sagradas Escrituras,
En la Biblia leemos acerca de dos pactos que Dios hizo con el ser humano. El primero, que se presenta en el Antiguo Testamento, lo hizo con su pueblo en general. «Si aquel primer pacto hubiera sido sin defecto, ciertamente no se habría procurado lugar para el segundo» (Heb. 8:7, RV95). ¿Por qué no era sin defecto? Porque era temporal, hasta que Cristo viniera y muriera en la cruz.
El nuevo pacto, a diferencia del antiguo, no es con su pueblo en general, sino con cada creyente en Cristo de manera individual: «Pondré mis leyes en la mente de ellos, y sobre su corazón las escribiré; y seré a ellos por Dios y ellos me serán a mí por pueblo» (Heb. 8:10, RV95).
Eso es lo que te invito a aceptar hoy: el pacto que te propone Dios de poner su ley en tu mente, ser tu Dios y que tú seas parte de su pueblo. ¿Lo aceptas?
«Hizo Jehová un pacto con Abram, diciendo: «A tu descendencia daré esta tierra, desde el río de Egipto hasta el río grande, el Éufrates»»
Génesis 15:18, RV95

