» Y el que recibe en mi nombre a un niño como este, me recibe a mi. Pero si alguien hace pecar a uno de estos pequeños que creen en mí, más valdría que le colgaran al cuello una gran piedra de molino y lo hundieran en lo profundo del mar» (Mat. 18: 5,6).
Los niños pequeños se aferran a las piernas de su madres, mientras ellas sobre sus bebés. Entonces, una dijo: Esta noche vamos a salir a divertirnos un poco, pero recién después de acostar al bebé. Si él se da cuenta, va hacer un berrinche.
Eso recordó a dos pequeños que entraron a mi vida por un corto tiempo. Cuando eramos misioneros en la isla de Borneo, en Malasia, mi esposo solía traer a personas enfermas de aldeas remotas para que fueran hospitalizadas. Yo los llevaba hasta el hospital y me quedaba cerca , hasta que estuviesen en la sala indicada. Como estaban lejos de sus familias, apreciaban mis visitas frecuentes.
Una vez Dick trajo una niña de un año y aun niño de cinco. No sabía mucho sobre el niño, ya que el pastor local lo había encontrado en el hogar comunal enfermo, indiferente e inexpresivo. Durante mis visitas ambos venían a mi con entusiasmo y jugábamos con alegría.
Cuando mejoraron, el hospital no dejaba ir al niño hasta que llegara el padre, para recibir las instrucciones de cuidado necesarias. Cuando lleve al padre hasta donde estaba su hijo, el niño lo miro y grito… ¡y no dejaba de gritar! El padre se volvió a mi diciéndome:
No me reconoce. Pero yo pensé: Al contrario, sabe «perfectamente» quien eres. Era evidente que el niño no quería volver a un hogar donde lo descuidaban y lo trataban mal.
Llevamos a la niña hasta su casa nosotros mismo, dado que estábamos llevando también provisiones a su aldea. Ella se aferro a mi durante todo el largo viaje. Paramos en lo alto de la colina desde la cual se veía su aldea, para revisar los frenos y nuestra carga. A la distancia vi a su padre que subía a la colina corriendo cuando ella lo vio, inmediatamente le extendió sus brazos regordetes y se olvido de mi. Ella también conocía a su padre y su amor.
¡Que enorme diferencia entre las respuestas de estos dos niños para con sus padres! En sus mentes, se había grabado el trato que habían recibido, y así fue que el comentario de esa joven madre me atormentaba. Los niños aprenden muy rápido y pueden aprender la desconfianza tan fácilmente como la confianza. Y una vez que se aprende la desconfianza es muy difícil retirarla . Dios nos confía estos pequeños y espera que le demos amor y confianza, siendo cuidadosas con sus sentimientos.
JEAN HALL
Lecturas devocionales para mujeres 2018
Bendecida – Ardis Dick Stenbakken
Lecturas devocionales para mujeres 2018
Bendecida – Ardis Dick Stenbakken

