Y respondió Abram al rey de Sodoma: He alzado mi mano a Jehová Dios Altísimo, creador de los cielos y de la tierra, que desde un hilo hasta una correa de calzado, nada tomaré de todo lo que es tuyo.
Génesis 14:22, 23.
Cierta vez, la Ciencia, la Fortuna, la Resignación y la Integridad salieron de paseo. Mientras conversaban, la Ciencia dijo:
-Si por alguna razón tuviéramos que separamos, a mí me podrían encontrar en las bibliotecas.
– A mí en los grandes bancos — dijo la Fortuna.
– Me podrán encontrar donde haya gente derrotada por la adversidad
-afirmó la Resignación.
Como la Integridad permanecía callada, le preguntaron:
-Y a ti, ¿dónde podríamos encontrarte?
Con tristeza, la Integridad respondió:
– A mí, quien una vez me pierde, jamás vuelve a encontrarme.
La integridad es honradez, probidad, rectitud, moralidad, decencia, lealtad. Es vivir en armonía con la ley, exaltando la justicia. La persona íntegra no tiene nada de qué avergonzarse. Su ejemplo es valorado, su probidad es reconocida.
En este mundo en crisis no se necesitan hombres ricos o poderoso tanto como hombres íntegros. Elena G. de White escribió: “La mayor necesidad del mundo es la de hombres que no se vendan ni se compren; hombres que sean sinceros y honrados en lo más íntimo de sus almas; hombres que no teman dar al pecado el nombre que le corresponde; hombres cuya conciencia sea tan leal al deber como la brújula al polo; hombres que se mantengan de parte de la justicia aunque se desplomen los cielos” –Ed 54.
¿Cómo ser íntegros e inconmovibles? —te preguntarás. Ella responde: “Semejante carácter no es el resultado de la casualidad; no se debe a favores o dones especiales de la Providencia. Un carácter noble es el resultado de la autodisciplina, de la sujeción de la naturaleza baja a la superior, de la entrega del yo al servicio de amor a Dios y al hombre» –Ibid.
Y exhorta a los padres, ministros y maestros: “Es necesario inculcar en los jóvenes la verdad de que sus dones no les pertenecen. La fuerza, el tiempo, el intelecto, son tesoros prestados. Pertenecen a Dios, y todo joven debería decidir darles el uso más elevado” – Ibid.

