Vosotros sois la luz del mundo.
Mateo 5:14.
Las pinturas de Vincent Van Gogh tienen la luz y el color amarillo como señal de identidad: “La casa amarilla”, “Los trigales” y “Los girasoles” son una muestra de ello.
En una carta a su hermano Théo, Van Gogh escribió: “Una de las verdades fundamentales no solo del evangelio, sino de toda la Biblia es: ‘La luz que brilla en las tinieblas… ¿Quiénes son los que tienen necesidad de ello? ¿Quiénes son los que sabrán escuchar? La experiencia ha mostrado que los que trabajan en las tinieblas, en el corazón de la tierra, como los mineros en las minas de carbón, quedan fuertemente impresionados por la palabra del evangelio y tienen fe”.
En 1853, cuando la guerra entre Inglaterra y Rusia estalló en Crimea, Florence Nightingale y 38 enfermeras a su cargo fueron asignadas al viejo hospital militar de Scutari en Turquía, bajo condiciones terribles. Al igual que en las minas, allí había gran necesidad de luz y de un corazón bondadoso que la impartiera. Gracias a Florence ya sus informes estadísticos, el gobierno británico construyó un nuevo hospital, y la tasa de muertes disminuyó del 42 al 2 por ciento.
Florence hacía guardias nocturnas. Por los largos pasillos del hospital se reflejaba su silueta, portando una lámpara. Los soldados besaban su sombra cuando ella pasaba. Así lo describe Henry W. Longfellow en su poema:
¡Mirad! En aquella casa de aflicción / veo una dama con una lámpara. Pasa a través de las vacilantes tinieblas / y se desliza de sala en sala. Y lentamente, como en un sueño de felicidad, / el mudo paciente se vuelve a besar su sombra, cuando se proyecta / en las oscuras paredes.
Amiga, Dios nos invita a servir llevando la luz del evangelio a un mundo en tinieblas. La luz resplandece más en las tinieblas del alma. Es precisamente ahí, donde más nos necesitan, donde el evangelio será mejor recibido.
La señal de identidad de Van Gogh era el color amarillo, la de Florence Nightingale una lámpara; y a ti, ¿qué señal que te distingue? Jesucristo dijo: «Yo soy la luz del mundo: el que me sigue, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” (Juan 8:12). —LCh

