Cuando hubieron orado, el lugar en que congregados tembló; y todos fueron llenos del Espíritu Santo, y hablaban con denuedo la palabra de Dios.
Hechos 4:31.
¿Temes a quienes se oponen a tu fe?
El capítulo 4 de Hechos es electrizante. Comienza con el encarcelamiento de Pedro y Juan a manos de los altos dirigentes de Israel, que no querían que predicaran del Resucitado (vers. 1, 2).
La oración de la iglesia, luego de que los dos discípulos fueran liberados, fue probablemente el derramamiento inspirado de una sola voz, y todo el pueblo dijo “amén”, y así hizo suyo el poder proveniente de lo Alto (vers. 31). El gran hecho es que la iglesia respondió a las amenazas por medio de la oración. La súplica sincera y valiente da fuerzas cuando la oposición y el peligro blanquean las mejillas por el miedo, o las enrojecen por la ira. El miedo habría rogado por protección. El enojo habría pedido retribución a los enemigos. La valentía cristiana y la devoción solo nos piden que no nos retractemos del deber, y que la Palabra pueda ser anunciada a los que no la conocen.
En aquella comunidad perseguida ninguno temblaba ni pensaba en venganza, ni en pagar amenazas con amenazas. Cada uno instintivamente se volvió hacia el Cielo y se lanzó, por así decirlo, a los brazos de Dios para protegerse. La oración es el arma más fuerte de una iglesia perseguida. El mundo es impotente ante personas que oran así.
Hay en la oración un coraje intrépido (vers. 23-31). Esa comunidad nunca tembló ni vaciló. No tenían idea de obedecer el mandato del Concejo sacerdotal. Eran un pequeño ejército de héroes. ¿Qué los había hecho así? ¿Qué otra cosa sino la convicción de que tenían un Señor vivo a la diestra de Dios, y al poderoso Espíritu en su corazón?
Hoy, en muchos países afrontamos, como iglesia, muchas amenazas y peligros. Nuestra fe se afirma en el Resucitado, así como se afirmó la fe de aquella pequeña comunidad de creyentes en Jerusalén.
Quizá tú, hoy, estés padeciendo a causa del testimonio de tu fe. Pero Jesús te dice: “Conozco tus obras, y tu tribulación, y tu pobreza (pero tú eres rico) […]. N o temas en nada lo que vas a padecer” (Apoc. 2:9, 10).
Oración: Señor, dame fuerzas para no negarte.

