«Así llegamos a esta conclusión: que Dios hace justo al hombre por la fe, independientemente del cumplimiento de la ley»
Romanos. 3:28, DHH
El problema comenzó en 1517 cuando la Iglesia Católica puso indulgencias a la venta. Estas eran certificados que prometían liberar a la gente del castigo por sus pecados. Si alguien le daba al sacerdote un poco de dinero, este le conseguía un «pase» para librarse del infierno o del purgatorio. El sacerdote que vendía las indulgencias tenía un eslogan: «Tan pronto caiga la moneda a la cajuela, el alma del difunto al cielo vuela”.
Luego de leer la Biblia, Martin Lutero se convenció de que la salvación era un regalo de Dios, no algo que uno compra para ayudar al Papa a pagar la pintura de su bóveda. Martín escribió sus objeciones a las indulgencias en 95 declaraciones que clavó en la puerta de la iglesia. La gente leyó las declaraciones y dijo: «¡Sí!” Pronto, se repartieron copias de sus declaraciones por toda Alemania y que avivaron llamados al cambio.
Dos años después, en un debate público, Lutero declaró que «un simple laico armado con las Escrituras» era superior al Papa ya los concilios sin ellas. Y eso ya fue demasiado para la Iglesia. Amenazaron con echarlo.
Lutero no se detuvo. Escribió libros que mostraban la diferencia entre lo que dice la Biblia y lo que la Iglesia Católica le decía a la gente.
En 1521, fue llamado a una asamblea en Worms, Alemania. Lutero llegó preparado para otro debate, pero rápidamente descubrió que era un juicio en el que se le ordenó que se retractara de sus posturas.
Lutero respondió: «A menos que me ilustren y me convenzan con evidencia de las Sagradas Escrituras, o con diferentes sustentos o razonamientos abiertos y claros […], no puedo retractarme ni lo voy a hacer, porque no es sabio ni seguro actuar en contra de la conciencia». Y luego, agregó: “¡Que Dios me ayude! Amén».
Dios lo ayudó. Pudo escapar a un castillo donde estuvo a salvo de los intentos de la Iglesia por arrestarlo. Con el tiempo, pudo introducir cambios en la Iglesia Católica y fundar nuevas iglesias que seguían las enseñanzas de la Biblia en cuanto a la salvación.
Cada iglesia protestante que ves hoy le debe un poco a este hombre, que dijo: «No puedo retractarme».

