«Pero el Señor le dijo a Samuel: -No te dejes impresionar por su apariencia ni por su estatura, pues yo lo he rechazado. La gente se fija en las apariencias, pero yo me fijo en el corazón»
1 Samuel. 16:7
La familia Robertson estaba en la ciudad de Nueva York para promover una nueva temporada de su exitoso programa de televisión, Duck Dynasty. El programa entretenía a millones con las aventuras ridículas de la familia, en las que los hermanos se visten con bandanas y ropa camuflada, y son bien barbudos.
Los hermanos millonarios y el resto de la familia se hospedaban en el lujoso Hotel Trump. Una mañana, cuando estaban a punto de salir, Jase Robertson sintió ganas de ir al baño y le preguntó a un empleado del hotel donde podía encontrar uno.
El empleado miró su larga barba y, tomando a Jase del codo, lo guio hasta la puerta. «Por aquí, señor», dijo sacando a la estrella de televisión afuera. Señaló el Central Park, y agregó: “Buena suerte».
Jase dio media vuelta y regresó al hotel; allí su esposa le preguntó dónde había ido. «Me echaron», respondió. En el show Live! With Kelly and Michael él bromeó que había sido una víctima de «calificación facial».
Cuando le preguntaron si seguía hospedándose en el hotel luego de la ofensa, Jase dijo: «Si. Él no sabía».
Cuando los dueños del hotel, la familia Trump, se enteraron del incidente, lo llamaron para pedir disculpas y le ofrecieron algunos «beneficios exclusivos» a Jase, según People.com.
No sé si el empleado del Trump International Hotel and Tower alguna vez llegó a enterarse de su error, pero sirve como ejemplo del problema en el que te puedes meter al juzgar a la gente por su apariencia. No puedes ser Dios y saber todo lo que está en el corazón de una persona, pero puedes dedicar un momento para recordar que hay algo dentro de cada persona que Dios valora. Por eso, todos merecen nuestro respeto. Tengan barba o no.

