«Cuidar las palabras es cuidarse uno mismo, el que habla mucho se arruina solo»
Proverbios. 13:3, DHH
El tema del día en la clase de Ciencias del colegio era los estados de la materia.
-¿Alguien puede darme un ejemplo de un líquido? -preguntó la profesora.
El silencio duró tanto que Spano habló.
-Seda.
Toda la clase se rio.
-Entonces, ¿estás diciendo que la seda es un líquido? -preguntó la maestra.
-Si -respondió Spano.
La profesora trató de ayudarlo.
-Entonces, si estás usando una camisa de seda, ¿simplemente resbalaría sobre ti?
-Sí -asintió Spano.
Ante esto, la profesora fue al armario y sacó algo de seda para hacer una demostración.
-No -dijo Spano-, no esa seda. La que viene de las abejas.
-Te refieres a la miel -dijo la profesora.
-Emmm… sí, creo que es la miel -admitió el pobre alumno, cuyo sobrenombre desde ese momento fue «Spano sedoso».
Uno de las mayores habilidades en la vida es saber cuándo cerrar la boca y cuándo hablar. Al comienzo de nuestro matrimonio, mi esposa llegó a casa con un peinado ondulado que le caía a los lados de la cara de una forma que me hizo pensar en un cocker spaniel.
Un esposo inteligente se habría guardado la observación para sí. Lamentablemente, mi boca comenzó a moverse antes de que mi cerebro se activara, y hubo un momento incómodo en el que, de lo contrario, solo habría sido un matrimonio dichoso. Salomón tenía razón cuando dijo: «Los labios del necio son causa de contienda; su boca incita a la riña» (Prov. 18:6).
Si te gusta hablar, ponte el objetivo de gastar al menos una fracción de segundo a reflexionar si es mejor expresar tus pensamientos o guardar silencio. Con un poco de atención, puedes hacer que todas tus palabras sean tan dulces como la seda… digo, la miel.

