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Hablando se entiende la gente: la comunicación con los hijos

“Corrige a tu hijo y te hará vivir tranquilo, y te dará muchas satisfacciones”

Proverbios 29:17

El reclamo más frecuente de los niños que he atendido en tera­pia es que sus padres no les prestan atención ni conversan con ellos; y la excusa reiterada de muchos padres es que no tienen tiempo para estar con sus hijos, pues están demasiado ocupados entre el trabajo y los que­haceres del día a día. 

En un estudio llevado a cabo en los Estados Unidos con menores de entre 12 y 18 años de edad y de diferentes nacionalidades (entre los que se encontraban asiáticos, europeos, latinos y norteamericanos), se les formu­laba esta pregunta: “¿Qué te gustaría que te regalaran tus padres?”

Con di­ferentes palabras, pero siempre en la misma dirección, todos contestaron que deseaban que sus padres pasaran más tiempo con ellos. Estar más con ma­má y papá era lo que ellos percibían como el mejor regalo. La respuesta más común fue: “Quiero pasar tiempo con mis padres jugando y conversando; quiero que hagamos cosas juntos, que me acompañen a los eventos impor­tantes, que conozcan a mis amigos”. Qué petición tan significativa. ¿Será que nuestros hijos tienen esa misma petición en su corazón y todavía no nos la han expresado?

La comunicación familiar franca y honesta es, pues, una necesidad bá­sica. Esta debe incluir momentos en los que se puedan comentar y expresar las necesidades (físicas, emocionales y espirituales) mutuas y particulares. Requiere crear un espacio donde todos hablen y sean escuchados con un nivel de comprensión amorosa, donde se acepten las fortalezas y las limitaciones de cada miembro, incluyendo también demostraciones mutuas de afecto y cariño. 

Un clima de intimidad en el hogar es tarea de padres e hijos, y parte de la base de que exista un compromiso mutuo de amor y cuidado. Para lo­grarlo, se necesita esfuerzo personal, invertir en proyectos familiares y pasar tiempo juntos en compañía de Dios. 

Elena de White declara: “El hogar, aunque sea sencillo, puede ser siem­pre un lugar donde se pronuncien palabras alentadoras y se realicen acciones bondadosas, donde la cortesía y el amor sean huéspedes permanentes. Admi­nistren las reglas del hogar con sabiduría y amor, no con vara de hierro.

Los ni­ños responderán con obediencia voluntaria a la ley del amor. Elogien a sus hijos siempre que puedan. Hagan que sus vidas sean tan felices como sea posi­ble” (El hogar cristiano, pp. 12, 13). Hagamos de nuestro hogar una exten­sión del cielo, creando un ambiente donde todos se sientan aceptados.

Erna Alvarado Poblete es licenciada en Pedagogía y Psicología educativa; tiene un máster en Relaciones familiares y estudios de postgrado en Desarrollo humano. Es conferencista y autora de varios libros, entre ellos Reflexiones para la mujer, de este mismo sello editorial. Aunque nacida en Chile, lleva cuarenta años viviendo en México.