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Matar a la gallina – 4a parte

“Ustedes han oído que se dijo: ‘Ojo por ojo y diente por diente’. Pero yo les digo…”

Mateo 5:38, 39

La lucha de muchos cristianos para que sus principios religiosos sean consagrados en las leyes estadounidenses continúa hoy. Desde la oración patrocinada por el estado en las escuelas públicas, hasta la exhibición de los Diez Mandamientos en las instalaciones del gobierno, algunos cristianos siguen creyendo que las leyes humanas pueden tener éxito donde el Espíritu Santo pareciera no haberlo tenido. Pero, preguntémonos: ¿Por qué a Jesús nunca se le ocurrió algo así? ¿Por qué cuando las multitudes quisieron imponer sus expectativas religiosas, y trataron de forzarlo a ser su rey en la tierra, él se escondió?

Intentar forzar a alguien a adoptar el cristianismo y sus principios va en contra de todo lo que este representa. En los Estados Unidos, donde la separación entre la iglesia y el estado ha sido la gallina de los huevos de oro que ha logrado una religiosidad libre y generalizada, consagrar el cristianismo legalmente sería equivalente a matar esa gallina.

Muchos creen que los cristianos deben tener dominio político sobre el mundo; que los cristianos deberían restablecer la ley del Antiguo Testamento en la sociedad; que el deseo de Dios es que se castigue a todos los “infractores” de esa ley, desde los que quebrantan el día de reposo hasta los homosexuales. Aunque, en lo personal, sospecho que a pesar de Levítico 11, la mayoría de ellos todavía disfruta de un buen jamón, públicamente defienden la idea de castigar a aquellos que, según ellos, violan la ley de Dios. Esa visión que ellos defienden poco tiene que ver con lo que leemos en la Biblia.

Jesús contó una parábola que anula por completo tales conceptos. “Sucede con el reino de los cielos –dijo– como con un hombre que sembró buena semilla en su campo” (Mat. 13:24). Pero un enemigo entró y sembró malezas entre el trigo. Pasó el tiempo y el trigo creció, pero también lo hicieron las malas hierbas. Los criados del granjero le preguntaron si quería que arrancaran esas hierbas indeseadas. “No –dijo el hombre–, porque podrían arrancar accidentalmente con ellas parte de mi buen trigo. Voy a dejar que crezcan juntos hasta que llegue el momento de la cosecha, y solo entonces arrancaré y quemaré las malas hierbas y recogeré el buen trigo”.

La fuerza y la violencia pueden parecer atractivas, pero al final solo traen destrucción. Lo que funciona, y además es bíblico, es el amor: amar al prójimo como a ti mismo. No andarlo persiguiendo, sino darle amor y hablarle de Cristo por palabra y por el ejemplo en la manera de vivir.

Tompaul Wheleer tiene un máster en Cinematografía y es director de películas y documentales cristianos. Vive en Tennessee, Estados Unidos.