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El Buscador de Oro Del Klondike

Devocional adventista para adoslescentes 2022

Elige una buena reputación sobra las muchas riquezas; ser tenido en gran estima es mejor que la plata o el oro.

Proverbios 22: 1, NTV

Si pudieras tener cualquier cosa que quisieras, ¿qué sería? ¿Un boleto ganador de la lotería? ¿Una gran herencia de un tío perdido? ¿Hacerte rico buscando oro en un arroyo de montaña?

George Carmack era un hombre así. ¿Quién era y a qué se dedicaba? Se hizo famoso por descubrir oro en el curso del río Klondike, en el territorio canadiense del Yukón. Su padre había sido un «49er», es decir, una de esas personas que habían llegado a California en 1849 buscando oro; así que Carmack lo heredó de forma natural. Cuando tenía poco más de veinte años, Carmack se fue al territorio del Yukón, en el noroeste de Canadá, y se casó con una nativa americana. Al principio no parecía muy interesado en buscar oro, pero luego las cosas cambiaron. En el verano de 1896, estaba pescando con dos amigos nativos americanos en el río Klondike cuando decidió explorar un arroyo. Fue allí donde vio pepitas de oro tan grandes que ni siquiera necesitó usar una batea para encontrarlas. Algunas pepitas eran tan grandes como su pulgar.

El descubrimiento de Carmack inspiró la última gran fiebre del oro del siglo XIX. Los historiadores estiman que más de 100,000 personas salieron a probar suerte en la búsqueda de oro. Algunos se llevaron todo lo necesario para vivir y trabajar allí durante años. Otros se llevaron poco más que la ropa que llevaban puesta. Lamentablemente, la mitad de los buscadores de oro nunca llegaron a su destino. Pocos eran mineros experimentados y muchos tuvieron que regresar a causa de la enfermedad, el hambre y el frío.

Pero Carmack tuvo mejor suerte. Encontró oro varias veces, y cuando se retiró de la minería en 1898, era un millón de dólares más rico (hoy estaríamos hablando de 125 millones). Desgraciadamente, dejó a su esposa y se trasladó a Vancouver, en la Columbia Británica, donde volvió a casarse, esta vez con la hija de un rico magnate. Y en este día de 1922, con solo sesenta y un años, murió. Era rico, pero al final murió como todo el mundo, sin llevarse nada más que su reputación y el traje que llevaba puesto.

Por lo visto, es mejor obtener una reputación brillante que unos trozos de oro brillantes.

Bradley Booth ha enseñado en escuelas adventistas de los Estados Unidos, África, Rusia y Tailandia. Actualmente es el director de The Story Tellers Ministry, que ayuda a enseñar el arte de escribir historias antiguas que siguen siendo importantes hoy. La oración del Dr. Booth es que sus libros inspiren a los lectores a mantenerse de parte de Jesús tanto en los buenos como en los malos tiempos.