El orgullo del hombre lo humillará, pero el de espíritu humilde obtendrá honores.
Proverbios 29:23
Su nombre era Abraham Abish y era el rabino principal en la ciudad de a Frankfurt. Sus días transcurrían colmados de tareas de beneficencia. Una de ellas era ayudar a gente pobre pidiendo donaciones de ropa y comida a personas adineradas de la ciudad para después distribuirlas entre las viudas y los huérfanos. Cierto día, se detuvo en un negocio y habló con el dueño:
-Discúlpeme, por favor, ¿podría hacer una contribución para ayudar a los pobres con comida y vestimenta?
El comerciante, irritado, se hizo el sordo. Rabí Abraham, por su parte, era demasiado modesto para anunciar su nombre, y se mantuvo de pie ante él, esperando pacientemente. Repitió su pedido, y recibió estas duras palabras:
-Márchese. Salga de aquí y deje de molestar a la gente ocupada.
Rabí Abraham se fue sin insistir.
Minutos después, el comerciante buscó su bastón, pero para su sorpresa no podía encontrarlo. Se disgustó mucho, y no le tomó mucho tiempo asumir que “el pobre» lo había robado en venganza. El comerciante persiguió al «ladrón”. Unos metros más adelante se encontró con el sospechoso.
-¡Deme mi bastón, ladrón! -gritó indignado.
-Lo siento, pero no he visto su bastón, buen hombre -contestó el Rabí Abraham con tranquilidad.
Pero el enojo del comerciante, en lugar de suavizarse, creció con ferocidad, y golpeó al rabino. Sin embargo, el hombre de Dios no respondió con enojo; simplemente se retiró, y continuó con su misión. La Providencia divina hizo que el comerciante asistiera ese sábado a la sinagoga. Cuando levantó sus ojos para echar un vistazo a la persona que iba a hablar ese día, para su sorpresa, reconoció al hombre y recordó con horror la dramática escena del día anterior. Incapaz de soportar la vergüenza, se desmayó.
-¿Que ha pasado? -preguntaban todos.
Con gran vergüenza, el comerciante relató el terrible suceso.
-¡Debe ir al rabino y pedirle perdón! -fue el consejo de todos.
El rabino se acercó y, queriendo calmar al hombre, se disculpó diciendo:
-¡Por favor, créame, yo no tomé su bastón! Le doy mi palabra de honor.
¿Puedes pensar qué lección de humildad tiene esta historia?
Mirta

