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Señales

Pero ni un cabello de vuestra cabeza perecerá.

Lucas 21:13.

De pequeño me enseñaron a temer las señales del tiempo del fin porque se asociaban con persecuciones, tribulaciones y dolor. Tardé muchos años en ver más allá de ese escenario y disfrutar de lo que realmente implican las señales proféticas.

Hoy las observo sin temor. Las noticias recogen conflictos bélicos o políticos, posibilidad de nuevos conflictos, asaltos, inseguridad ciudadana, acosos, bullying, agresiones de género, secuestros y toda la variedad propia de la intimidación.

Cualquier detalle truculento y mórbido está al acceso de una tecla y a banda ancha. Los urbanitas viven crispados, la más mínima mirada o gesto se responde con un “educado” vistazo de desprecio o un farfullar con labios en tensión. El exceso, a pesar de las crisis reales y virtuales, forma parte de los anhelos de multitudes. Aglomeración, música, botellones y drogas son los atributos de una juventud hedonista.

El resto se debate entre la anorexia, el fast food o los estimulantes alimenticios. Las familias no son nucleares y completas, sino ensambladas y complejas. Ensambladas y desensambladas como rompecabezas; complejas, porque la combinatoria se hace carne.

Y la carne, cosa. ¿Quién tiene la razón? Ya no existen verdades, la subjetividad campa a sus anchas. El individuo, con tanta ‘infoxicación’, moda y otros cambios, difícilmente puede sostener su identidad y termina abandonado a reality shows o a camaleónicas figuras del star system.

Esta sociedad, entre calentamiento global y expectativas catastrofistas, se devora a sí misma. No debiera extrañarnos la situación actual, ya fue predicha por el mismo Jesús. Los capítulos 24 y 25 de Mateo son uno de esos textos que superan su tiempo, que discurren por la historia y llegan hasta nuestros días con el ímpetu de la certeza.

Sí, un texto que habla de nosotros, de la situación de nuestro mundo. Señales que se cumplen. Señales que van más allá de lo negativo porque introducen la esperanza.
Y si se cumplen las señales de Jesús, también se cumplen sus promesas.

Él nos da la tranquilidad de que, a pesar de vivir en un mundo convulso, no tenemos nada que temer. No es que nos salvemos por un pelo, es que nos salva con toda la cabellera, indemnes.

Así nos enseña una lección más: el final de este mundo es el principio de lo bueno, de la eternidad, del amor. No solo son señales de término sino de inicio.

No deben ser señales de temor sino de esperanza. Jesús lo ha prometido, viene y, entre tanto, nos cuida con todo lujo de detalles.

Víctor M. Armenteros es doctor en Filología Semítica por la Universidad de Granada y doctor en Teología (Antiguo Testamento) por la Universidad Adventista del Plata (Argentina). Durante más de una década ha sido profesor de Sagrada Escritura y Lenguas Bíblicas en el Seminario Adventista de España. Actualmente comparte la docencia con la gestión, al ejercer como director de los estudios de posgrado de la Universidad Adventista del Plata y de la sede austral (Argentina, Paraguay y Uruguay) del Seminario Adventista Latinoamericano. Es miembro de la Asociación Española de Estudios Hebreos y Judíos. Ha colaborado como traductor en la Biblia Traducción Interconfesional y forma parte del equipo editorial de la revista DavarLogos. Es, a su vez, autor de diversos artículos sobre escritos bíblicos y literatura rabínica.