Cuando ustedes digan «si», que sea realmente sí: y cuando digan «no», que sea no. Cualquier otra cosa que digan más allá de esto proviene del maligno.
Mateo 5:37
Al crearnos, Dios incluyó en nuestras facultades mentales el siguiente ítem: decir «sí» y «no» en el momento indicado.
¿Ya sentiste tensión al tener que optar entre tu convicción y la de alguien que te pedía algo? Muchas personas evitan decir «no» por miedo a perder oportunidades, a complicar una situación, a deshacer lazos, o por comodidad o culpa.
Decir «no» es necesario para la salud emocional. Huir del «no» compromete nuestra autonomía y nos pone bajo el control ajeno, contrariando el propósito divino.
Para usar el «no», Greg McKeown da algunas orientaciones en su libro superventas, Esencialismo:
- Ten en claro qué es esencial. ¿Deseas ser fiel a la razón y a la conciencia o agradar a los demás? ¿Deseas ser honesta o mantener las apariencias? La claridad nos ahorra de las constantes concesiones contra la voluntad
- Vence el miedo simple e innato del malestar social. La necesidad de estar bien con los demás genera la incomodidad de decir «no» a la invitación de la amiga a cenar, o a otro proyecto del jefe. El miedo obstaculiza el discer-nimiento: decir «no» genera incomodidad temporaria; decir «sí» por presión causa un mal mayor.
- Excluye el «sí» como respuesta automática, sin pensar, por presión o para agradar a alguien. Así, no sacrificarás la razón y la conciencia.
- Separa la decisión de la relación. No confundas decir «no» con rechazo del otro.
- Concéntrate en lo que tendrás que perder o abrir mano al decir «si».
¿Diciendo «sí», aprovecharé o desperdiciaré tiempo, paz, respeto propio y popularidad? ¿Qué importa más?
Decir «no» puede ser más amable que un «sí» vago y sin compromiso.
Puede generar un impacto inmediato en la relación: chasco, irritación o rabia.
Sin embargo, pasada la rápida incomodidad, surge el respeto. Expresar la negación con eficacia, le muestra al otro que tenemos prioridades, persona-lidad, postura y que no somos el juguete de nadie.
El verdadero cristianismo implica honestidad, incluso en relación con aquello que la razón y la conciencia dicen. No es una virtud que seamos conocidas como buenitas, que hacen todo lo que los otros piden, que no saben decir «no» a nadie. Seamos cristianas, cuyo «sí» y cuyo «no» tienen tanto peso y confiabilidad como una declaración más elaborada.

