Dichoso el que resiste la tentación porque, al salir aprobado, recibirá la corona de la vida que el Señor ha prometido a quienes lo aman.
Santiago 1:12
Ya habían pasado seis años desde que había comenzado a orar acerca de estudiar una segunda carrera. Rendí el examen de ingreso en universidad estatal. Eran diecisiete alumnos por cupo y, para mi alegría, pasé en la primera etapa, la más difícil.
La segunda etapa, que era de redacción e interpretación de texto, sería más fácil, pues yo daba clases de redacción. Pero algunos cuestionamientos me molestaban. Oré acerca del asunto y decidí probar a Dios, como Gedeón: si pasaba la prueba de redacción, él estaría aprobando mi sueño.
Si reprobaba, algo muy improbable, seguramente tendría otros planes para mí. Le pedí a Dios que, si reprobaba, tuviera paciencia conmigo, pues lloraría mucho y me sentiría la peor profesional del mundo. Sin embargo, estaba dispuesta a aprender a confiar en sus planes.
El día de la prueba, cansada por las actividades de fin de año, habiendo dormido muy poco, estaba lenta para redactar. Completé la prueba y escribí la redacción con lápiz, pero, entonces, sonó el timbre antes de que pudiera terminar de pasar todo en limpio.
A pesar de haber respondido bien todas las preguntas, la redacción fue anulada. Y quedé fuera de la primera lista de aprobados. Decepcionada, pasé las vacaciones de fin de año muy infeliz. A veces, pensaba que Dios haría lo mejor; a veces, lamentaba mi lentitud al hacer la prueba.
Al final de las vacaciones, decidí no lamentarme más. ¿No había pedido a Dios que me ayudara a aprender y a confiar? Él me estaba enseñando. Después de tomar esa decisión, me sentí en paz. Aunque no tenía idea de lo que vendría, confiaba en Dios.
Entonces, recibí la llamada de un empresario que me había encomendado un libro de reflexiones para sus clientes: «Mirian, su libro tuvo buena repercusión. ¿Puede escribir otro?» Había sido mi primer libro publicado, pero no soñaba con ser escritora. ¿Sería el sueño de Dios para mí?
Escribí este testimonio hace más de quince años, y terminaba así: «Después del próximo libro, solo Dios sabe lo que será de mí. Yo no sé. Pero ¿cómo no confiar en él?». ¡Hoy ya tengo más de veinte libros publicados, para la honra y gloria de Dios!
Cuando nos sometemos a él, renunciando a nuestros sueños acariciados, descubrimos que sus sueños son los que verdaderamente permiten que nos realicemos.
¡Persevera en confiar! ¡Si no ves recompensas aquí, las tendrás en el cielo!


