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Suministro divino

¿Y qué puedo hacer por ti?, preguntó Eliseo. «Dime, ¿qué tienes en casa?» «Su servidora no tiene nada en casa -respondió-, excepto un poco de aceite».

2 Reyes 4:2

Una familia que temía a Dios vivía feliz hasta que un día falleció el padre. La esposa no sabía qué hacer. Días después, llegó un cobrador. La viuda vendió lo que tenía para pagarle, pero era insuficiente.

El cobrador le dio un plazo y, si no le pagaba la deuda, se llevaría a sus dos hijos. Desesperada, recurrió a Dios y lo oyó decir que buscara al profeta Eliseo. El profeta le preguntó a la mujer qué tenía en casa. Solo tenía una jarra con un poco de aceite.

El profeta le dio una extraña orden: que le pidiera a sus vecinos y amigos muchas vasijas vacías. Después, debía entrar a la casa con sus hijos, cerrar la puerta y llenar las vasijas con el aceite que tenía. La pobre viuda se sorprendió, pero obedeció al profeta. Volviendo a la casa, los tres llenaron las vasijas.

Una vasija tras la otra, fueron llenadas con el aceite multiplicado. Entonces, vendieron una parte para pagar las deudas y vivieron con lo que restaba hasta que pasó la sequía. Con ese milagro Dios le demostró a aquella viuda y a sus hijos que los cuidaría.

La vasija con poco aceite puede representar nuestra vida vacía y árida. Somos como vasijas inútiles que no contienen nada más que orgullo y egoísmo. Como esa viuda, estamos sumergidas en un mar de «deudas» y no tenemos cómo pagarlas.

Dios, en su infinito amor, nos libró de las deudas y quiere llenarnos con humildad y altruismo. La viuda tenía que pedir muchas vasijas. Nosotras también debemos buscar a Dios y obedecer su voluntad siempre. El aceite fluyó solo hasta que las vasijas disponibles estuvieron llenas.

Dios quiere darnos el Espíritu Santo ilimitadamente, pero somos nosotras las que limitamos su suministro porque pedimos poco. Las vasijas vacías fueron las que se terminaron, no el poder de Dios. Mientras haya un corazón vacío abierto y deseoso delante de Dios, habrá un continuo fluir de sus fuentes.

El formato, el tamaño y la calidad de la vasija no importan. Lo que importa es estar vacío para ser llenado. Reconoce tu vacío y tus carencias de aceite para ser llena del Espíritu Santo de Dios, quien te transformará en una fuente abundante de suministros para los que te rodean.